15 Oct
15Oct

Hay obras que se miran y hay obras que se sienten en el pecho. "Alegato de amor" pertenece al segundo grupo. Se presenta los domingos a las 17hs en el Teatro Beckett, en Guardia Vieja 3556, y rinde homenaje a Eva Perón con actrices, una cantante y una niña violinista. 

Pues bien, la historia arranca en los viejos estudios San Miguel, aquellos que vieron brillar al cine argentino de la década dorada. Ahí se rueda una película sobre Evita. Vos, desde la butaca, espiás el set. Es un truco simple y lindo: el teatro se asoma a la ventana del cine. 

La dirección lleva la firma de Juan Cantafio, que otra vez deslumbra. Arma el espacio con velos y cortinas que se abren de adelante hacia atrás, como quien pela una cebolla. Cada velo separa una época. Al final, todos quedan abiertos de par en par. Una imagen callada que dice mucho: una vida entera, ofrecida a la vista de todos. 


"Alegato de amor" mezcla poesía, música en vivo y cine dentro del teatro. Los domingos a las 17, en el Beckett, una Eva distinta te espera.


Cantafio comparte la dramaturgia con Susana Barbato, autora de la idea y del libro original. Su texto es filoso, directo, sin vueltas. 

El recorrido tiene cuatro tramos: infancia, adolescencia, adultez y madurez. Cada uno trae su brillo, su vestuario, su canción. En una hora, cruzás la vida de punta a punta. Ves a la nena, a la militante, a la mujer enamorada, a la abuela. Todo con datos que se confirman y no se inventan. 

El foco cae sobre lo íntimo: el amor, el dolor, la injusticia, los desafíos de ser mujer en su tiempo. Esta Eva es quejosa, hay que decirlo, pero apasionada y real. El legado llega a su pueblo, y en especial a las mujeres. 

Las actrices sostienen la función con oficio. Nancy Sancha da vida a la Eva niña y a la Eva amor. Lourdes Isola encarna a la Eva misterio y a la Eva política. Marta Quarleri se queda con la Eva abuela. Cada una dibuja una cara distinta del mismo rostro. En la platea caen lágrimas, y no por casualidad. 

La música corre por otro carril. Beatriz Ayas canta en vivo, Lucía De Santis toca el violín con talento de sobra. Pasan por boleros, por tangos, por Spinetta. La producción musical lleva el sello de Facundo Álvarez. Cuando suena el violín, el teatro entero respira más hondo. 

En lo técnico, las luces pintan el dolor y la ternura con pinceladas finas. Cantafio diseña la iluminación y comparte el vestuario con Valentín Dibenedetto y Barbato. La escenografía nace de Gustavo Leiva, Lina Medina y Barbato. Las imágenes de época llegan de la mano de Alfredo Mazzorotolo. Todo luce cuidado, como el libro cuida su esencia. Un reparo, para ser justos: hacia la mitad, la obra se estira y repite algún giro. Pasa. Es el precio de una vida con tanto para contar. 



Ahora, la salida. Uno deja la sala y vuelve a la calle: los precios que suben, los sueldos que no alcanzan, la fila en la caja del súper. Eva hablaba de justicia social, de dignidad, de que nadie quede atrás. La obra no entrega respuestas. Deja una pregunta en el aire: ¿qué le debemos al otro cuando el bolsillo aprieta? 

En estos días, elegir una entrada de teatro es una decisión de balance. Se piensa dos veces, se hace la cuenta, se posterga... Si el mes te deja un resto, gastalo en una tarde de domingo. El arte también alimenta, y el teatro independiente necesita gente en las butacas para seguir con las luces prendidas.



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