Milagros Coll estrena una comedia satírica que mezcla la historia argentina con el humor más ácido, y el resultado es una fiesta teatral que incomoda y divierte a partes iguales. Hay obras que te sacan una sonrisa nerviosa.
"De Encaje Blanco" es una de esas. Los sábados a las 20h, en El Extranjero, sobre Valentín Gómez al 3300, la propuesta de Milagros Coll toma la historia argentina y la sacude sin piedad.
La trama arranca en una Recoleta de lujo, la de hoy, contemporánea y brillante. Ahí vive una mujer aristócrata, descendiente nada menos que del General Roca. Su obsesión es simple y terrible a la vez: no envejecer, no perder el estatus. Y para lograrlo guarda un secreto de belleza que roza lo inmortal. Ese secreto, cuando sale a la luz, pone en jaque toda la moral y la economía de su familia.
En paralelo, la obra viaja al pasado. Ahí aparece un Roca histórico, vanidoso hasta la médula, en plena Campaña del Desierto. Pero en medio de la conquista y la sangre, este hombre cae en las redes de un amor prohibido. Ese amor, dice la obra, marca el principio del final.

Los diálogos son delirantes. El erotismo, extravagante. Con esas dos herramientas, Milagros Coll construye una crítica feroz contra la obsesión por la pureza de sangre, contra el racismo disfrazado de tradición, contra el culto ciego a los próceres. Y lo hace con humor, que es la forma más filosa de decir las cosas incómodas.
La dramaturga juega con saltos en el tiempo. Cruza a los próceres más encumbrados con la gente común, la de siempre, la que sufrió el horror fundacional y todavía hoy convive con las mismas injusticias. Hay algo punk en esa decisión, un espíritu que se anima a tensar la cuerda hasta el límite. Y funciona.
En escena, Roca se cruza con Mansilla, retratado acá como un personaje mucho más cercano al pueblo que su odioso pariente. Mientras tanto, en el living de una Recoleta de fantasía, la aristócrata discute con la mujer que está a su servicio. Esos diálogos son de lo mejor de la noche: ácidos, filosos, con un humor que nace del borde roto de nuestra sociedad.
¿Cómo se hace para ser joven para siempre? ¿Para ser rico, reconocido, y seguir con vida en el intento? La obra sugiere una respuesta tan bizarra como certera: el sexo sin freno, la música, un erotismo casi extraño. Todo eso sostiene, a los tumbos, un escalón social que se derrumba.
El elenco está a la altura del desafío. Florencia Galiñanes encarna a la sirvienta de la aristócrata con certeza. Emilio Zinerón le da vida a Mansilla, despertando las mayores risas. Néstor Navarría es Roca, en todas sus versiones posibles. Y Graciana Urbani compone a la aristócrata con soltura. Las actuaciones se mueven fuera del realismo, con una energía que contagia.
El vestuario suma mucho a cada personaje. Pelucas, maquillajes cargados, cambios que sorprenden en pleno desarrollo de la trama. Ahí hay detalles que conviene descubrir con los propios ojos, sin spoilers.
Las luces trabajan con efectos especiales y colores que marcan los cambios de ritmo. La música en vivo, a cargo de Vanesa Ruffa y Lucía Besfamille, completa el clima con sonidos propios, casi mágicos. Entre luz y sonido, el elenco encuentra climas perfectos, y ahí se nota el trabajo en equipo.
La escenografía acompaña esa estética bizarra que propone Milagros Coll. Todo en la puesta habla del mismo tema: una aristocracia empobrecida, vencida desde hace generaciones, que todavía persigue el sueño eterno de la belleza, la blancura y la juventud como símbolos de estatus.

"De Encaje Blanco" no busca la comodidad del espectador. Busca lo contrario: incomodar a quien todavía cree en la solemnidad de los símbolos patrios. Y lo logra con inteligencia, con oficio, y con una cuota de humor que te deja pensando bastante después de salir de la sala. Ficha técnica: dramaturgia de Milagros Coll. Diseño de escenografía y vestuario de Gabriella Gerdelics. Estructuras escenográficas de Lionel Pastene. Iluminación de Eduardo Pérez Winter.