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Café, expediente y novela: cuando un abogado escribe para sanar

Me crucé con la historia de Agustín Zaninovich y, la verdad, me quedó una mezcla rara en el pecho. No es la típica nota de lanzamiento de libro. Es la crónica de un tipo que hizo de su vida profesional un puente hacia la literatura. Abogado, docente, sobreviviente de cáncer y ahora autor: su biografía ya tiene un arco dramático que llama la atención. Pero lo que más me tocó fue la novela que nació en un estudio jurídico, con olor a café y papeles, cuando una mujer llegó a pedir ayuda hace años. ¿No les pasa que las mejores historias aparecen en los lugares menos románticos? 

La novela se titula 30 años después… Mi primer caso: Eliana. Corta, directa. Parte de un hecho real ocurrido en tiempos de la Dictadura. Imaginen la escena: un joven letrado abre su despacho en Florencio Varela; una mujer entra y pide divorciarse del hombre con quien estuvo casada menos de un día. Suena insólito. Uno frunce el ceño. Luego viene la revelación: ella no sabe dónde está su marido. Y ahí la piel se eriza. Ese diálogo, contado como anécdota, ya tiene la fuerza suficiente para sostener un libro. Y el autor no oculta su intención: escribir para sanar. Eso lo humaniza. Porque admitir eso no es gesto de marketing; es confesión íntima. 



La trama que contó Eliana —y que Zaninovich noveló— duele. Trata de abuso intrafamiliar, de jóvenes forzadas a vivir en condiciones horribles, de un tío policía que abusa, de un escape que se vuelve sobrevivencia. La chica se casa por conveniencia con un amigo, toma un micro al sur y nace un hijo. Y el tiempo corre: treinta años después, la mujer vuelve para divorciarse y rehacer su vida. No es lo mismo leerlo en frío que imaginar a una mujer entrando a un estudio con ese peso en la espalda. Yo, al leerlo, me imaginé la sala de espera, la taza de café, el mate olvidado. Esos detalles mínimos hacen la diferencia. 

El libro tiene apenas 75 páginas. No necesita más. En ese formato de novela corta caben la intensidad y la contención. Ese relato comprimido obliga al autor a no desperdiciar palabras. A mí me gustó que Zaninovich, abogado de oficio, no caiga en la tentación de explicar todo con tecnicismos legales. Se mete en el cuerpo de la historia. Cuenta el abuso, la fuga, la identificación del hijo. No pretende ser un tratado. Quiere contar. Y eso alcanza. 

Hay algo más que me interesa: la transición profesional del autor. Abrió un estudio, trabajó en el ámbito público, dio clases, se formó incluso en filosofía. Sumó experiencias. Y hace apenas unos años enfrentó un linfoma. Venció. Salir de eso y volver a poner la mano en la pluma habla de un tipo que sabe de fragilidad y de ritmo. En la vida real, esas experiencias pesan. Y se notan en la escritura, se sienten en la voz del relato. 

Ahora bien: la novela no pretende ser una obra mayor de la literatura argentina. No lo digo en tono despectivo. Lo señalo para ubicarla. Funciona como crónica novelada, como testimonio transformado en ficción. Tiene la virtud de poner rostros y nombres —aunque ficticios— a tragedias que suelen quedar en archivos polvorientos. Además, cumple una función social: recuerda que detrás de un expediente hay una vida destrozada, que la justicia no siempre llega a tiempo, que la valentía de contar puede sanar. Si buscás una lectura breve, directa y emotiva, este libro entra en la canasta. 



Si buscás complejidades estructurales o juegos formales, quizá te quede corto. A mí me conquistó por su honestidad y por la manera en que el autor logra que una conversación de estudio jurídico se transforme en literatura. Me lo imagino firmando ejemplares en la Feria del Libro; gente se acerca, habla, llora un poco, se va con el libro en la mano. Eso vale. 

Para terminar: leer a alguien que usó su profesión como puente hacia la narración y que además sobrevivió a una enfermedad grave, conmueve. No hace falta más. Pues bien, a veces la literatura es eso: poner luz en lo oscuro, contar para entender, escribir para sanar. Y eso, viejo, ya es suficiente.