20 Sep
20Sep

La novela de Manuel Puig sube por primera vez al escenario: un exiliado sin recuerdos, un joven con demasiados y un invierno que no perdona. Hay obras que se miran y hay obras que se atraviesan. Esta es de las segundas. 

Maldición eterna a quien lea estas páginas nació novela en 1980, con la firma de Manuel Puig. Nadie la había llevado al teatro hasta este estreno. Claudia Piñeiro y Marcelo Moncarz escribieron la adaptación, y Moncarz dirige. Desde el 23 de agosto, la función se repite los domingos a las 18, en el Teatro Hasta Trilce, Maza 177, CABA. 



La historia arranca en 1978. Un anciano argentino aterriza en Nueva York, en silla de ruedas, sin memoria. Lo llaman Ramírez. Su exilio tiene una causa política. Su olvido, una herida que nadie nombra. 

La obra plantea una pregunta incómoda. Los golpes brutales dejan marcas, y una de ellas es perder la memoria. ¿Cura leer lo que se olvidó? ¿Cura escribirlo? ¿O reabre la herida? Puig no responde con comodidad, y la puesta deja la duda abierta. 

Para salir a la calle, Ramírez necesita a otro. Ese otro es Larry, un joven estadounidense que cobra por empujar la silla. Enseña historia, sueña con revoluciones y arrastra fracasos. Quiere borrar su pasado, pero el pasado no suelta. Dos hombres, dos maneras de huir, una silla de ruedas en el medio. 

Imaginá la escena: una plaza gris, hojas secas que crujen bajo las ruedas, un frío que se cuela por el abrigo. Ese invierno neoyorquino cubre el escenario y se mete en el vínculo de los dos. Uno espera la muerte. El otro, un milagro. La puesta te sumerge de lleno: ves, oís, sentís el aire helado. 

Pues bien: un encuentro en Washington Square abre la relación. Empieza como un trámite. Uno necesita ayuda, el otro necesita el sueldo. Poco a poco se convierte en un intercambio intenso sobre la pérdida, los afectos, la política y aquello que cada uno calla para sobrevivir. Un día llegan unos libros desde Argentina. Sus páginas prometen redención o maldición. Leer, escribir, callar: cada camino cobra su precio. 

Luis Campos construye a Ramírez con una precisión notable: un hombre desgarrado por dentro, sin un gesto de más. Mateo Chiarino compone a Larry con despreocupación y una pizca de cinismo, escudo de quien esconde el dolor. Por momentos se le escapa el acento estadounidense, un detalle menor. 

Luz Miraldi cumple varios papeles: la enfermera y, sobre todo, los fantasmas femeninos de ambos. Madre, novia, esposa, prostituta de Saigón. Ramírez y Larry parecen hermanados por la desgracia, pero la cercanía emocional no se concreta. Duele mirar esa distancia. 

Puig pone sobre la mesa la sexualidad, el pensamiento de izquierda y la tragedia de los exiliados políticos. Escribió la novela después de instalarse en Brasil, y se nota: el desarraigo habla en primera persona. Sin anestesia. 



No todo el público sale con la misma impresión. La función dura 100 minutos y algunos espectadores la sienten larga. La adaptación respeta el original al pie de la letra, y ese apego tiene un costo: hay quien pide una pizca de humor y unos minutos menos. Otros, en cambio, hablan de un texto profundo, una dirección impecable, música exquisita, luces y vestuario a tono. Coinciden en algo: es un teatro que no subestima a quien mira. 

Confieso que me convenció esa confianza. Pide atención, ofrece belleza y no explica de más. Llevá abrigo, aunque la sala sea cálida, y un domingo libre para pensar después de la función. Si el olvido te intriga, esta cita te espera.



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