
Hay películas que te agarran de la solapa desde el primer minuto y no te sueltan. Y hay otras que te deslumbran con su envoltorio pero, cuando llegás al fondo de la caja, encontrás menos de lo que esperabas. ¡La Novia! —el nuevo film de Maggie Gyllenhaal— cae en esa segunda categoría. No completamente, ojo. Pero sí con más frecuencia de lo que sus creadores hubiesen deseado.
La película reinterpreta a los personajes clásicos de Frankenstein con Jessie Buckley en el rol protagónico, Christian Bale como la criatura y Penélope Cruz en un papel de detective sacado del cine negro. Un elenco que, sobre el papel, hace salivar. El resultado, sin embargo, es más caótico que brillante.
Un monstruo de 80 millones de dólares
Para entender cómo llegó esta película al mundo, hay que mirar el momento en que fue concebida. Warner Bros. venía de apostar fuerte con Pecadores y Una batalla tras otra —dos films que mezclaron géneros con audacia y les fue bien. Entonces le dieron luz verde a Gyllenhaal para hacer algo similar: una producción de 80 millones de dólares, ambiciosa, distinta, con sello de autor. Una apuesta real en un Hollywood que, seamos honestos, cada vez apuesta menos a lo desconocido.
El film sitúa la acción en el Chicago de los años 30, ese submundo de mafia, jazz y sombras. Ida —la novia del título— es una mujer asesinada que regresa a la vida gracias a una científica excéntrica. Pero su conciencia viene habitada por el espíritu de Mary Shelley, quien la empuja hacia una liberación feminista mientras huyen de la policía, los gánsteres y todo lo que se mueva. Sí, es tan delirante como suena.
La directora y sus fantasmas
Gyllenhaal debutó detrás de cámara con La hija oscura y el resultado fue notable: sobrio, profundo, incómodo en el mejor sentido. Acá tomó el camino opuesto. Quiso hacer todo al mismo tiempo —terror clase B, musical camp, película de gánsteres, road movie feminista, homenaje a Frankenstein y a Cabaret y a Bonnie & Clyde y... respirá— y en esa acumulación se perdió un poco.
Hay escenas que, vistas por separado, son genuinamente poderosas. Otras son tan subrayadas en su mensaje que resultan involuntariamente cómicas. Los diálogos sobre el patriarcado, por ejemplo, suenan más a consigna que a conversación real. Como si alguien hubiera pegado panfletos dentro del guión.

Ellas sostienen todo
Lo mejor de la película, sin duda, son sus protagonistas. Jessie Buckley hace algo difícil con Ida: le da carnadura a un personaje que en otras manos sería un símbolo vacío. Cruz está magnética en cada escena que aparece —incluso cuando el guión no la acompaña—. Y Annette Bening, como la doctora que reanima cadáveres con elegancia, se roba cada plano con una sola mirada.
Son ellas las que le dan coherencia a un film que amenaza con derrumbarse todo el tiempo. Sin ese trío, ¡La Novia! sería mucho más difícil de sostener.
Cierre: mejor desbordante que gris
Al final del día, y con todo lo dicho, hay algo que vale la pena rescatar. Gyllenhaal se animó. En un mercado saturado de secuelas calculadas y franquicias sin riesgo, ella trajo una criatura rara, imperfecta, contradictoria. Como el monstruo de Frankenstein, justamente: hecha de partes que no siempre encajan, pero con algo vivo adentro.
¿Es una gran película? No del todo. ¿Vale la pena verla? Sí, especialmente si te gustan los films que te dan pelea. Eso, en estos tiempos, ya es bastante.
