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Explorando la Soledad en ‘Pillion’: Más Allá del Deseo

Pillion” te deja con esa mezcla rara entre fascinación y pudor. Es de esas películas que te agarran del cuello desde la primera escena y no te sueltan. Explícita, sí. Incómoda, también. Pero con una inteligencia que no se disfraza de “provocación” para la tribuna. Acá hay un drama de personajes, seco, filoso, con humor británico del que entra como una astilla: casi no lo notás… hasta que molesta. 

La premisa parece simple: un vínculo sexual y de poder entre dos hombres, con reglas duras y un clima que oscila entre el deseo y el malestar. Sin embargo, lo que queda no es el morbo ni el shock. Lo que queda es una pregunta que te persigue cuando salen los créditos: ¿esto es un pacto entre adultos o una forma elegante de la crueldad que se da en relaciones pasajeras? 



Y antes de entrar en lo que cuenta, vale la pena contar cómo apareció en el mundo. “Pillion” no llega con alfombra roja y trompetas. Se arma, al menos para parte del público, como una especie de secreto. Es el tipo de título que cae en funciones pequeñas, con poca gente, sin carteles en la calle. En Estados Unidos por ejemplo usaron esa jugada para cumplir requisitos de premios: una semana en un cine de un condado específico, casi sin campaña, como si el film ensayara su propia invisibilidad. Me lo imagino como una botella tirada al mar: quien la encuentra, la abre con curiosidad… y se encuentra con un mensaje que quema. En Europa la fue mejor con varios premios en festivales, vamos a ver que pasa en Australia y Latinoamérica. 

La dirección de Harry Lighton sostiene ese clima con pulso firme. No busca sermones. No acomoda la cámara para que el espectador se sienta “buena persona”. El relato mira de frente la mecánica del sexo, del mando, de la entrega, sin maquillaje. Y a la vez, mete detalles domésticos que resultan más crueles que cualquier cuerda o cuero: una rutina, una casa, un piso frío, una cama que no se comparte. En ese contraste se arma la punzada. 

La temática central no es el BDSM como guía turística ni como espectáculo. El film trabaja otra cosa: la soledad como motor, como hambre. Colin, el personaje de Harry Melling, aparece como un tipo común, casi invisible. Vive con sus padres, tiene un trabajo menor, y encuentra refugio en un hobby que ya suena a reliquia: canta en un cuarteto con su viejo. Ese dato es oro. Un cuarteto no premia al solista; premia al que se mezcla, al que no sobresale. Colin parece criado para eso: para encajar, para no molestar, para pedir permiso incluso cuando nadie se lo exige. Hasta elegir unas papas en un bar le cuesta. Parece chiste, pero duele. 

Ahí entra Ray, el personaje de Alexander Skarsgård, como un golpe de aire helado. Skarsgård juega su belleza como un arma. No seduce con palabras; impone con presencia. En otra película, ese físico pediría épica. Acá pide peligro. Ray no parece un villano clásico; parece alguien incapaz de ternura, alguien que confunde control con identidad. Y el guion aprovecha ese desequilibrio: al lado de Ray, Colin queda chico, torpe, maleable. 



La versatilidad de las actuaciones es lo que hace que todo funcione y no se transforme en una caricatura. Melling compone a Colin con una tristeza sin maquillaje, con gestos mínimos que dicen “me conformo con migajas” sin que el personaje lo declare. Skarsgård, en cambio, trabaja la distancia: el tipo que puede recibir miradas, favores, deseo… y no devolver nada. Entre ambos aparece una química rara: te atrae, te irrita, te cansa. Como esas relaciones que uno ve en amigos y piensa “salí de ahí, hermano”, aunque el amigo vuelva una y otra vez. 

El film se vuelve más interesante cuando muestra que ese mundo no es una sola forma. Aparecen otras parejas, otras dinámicas, incluso afecto. Eso marca una diferencia clave: lo de Ray no representa a una comunidad, representa a Ray. Y a Colin, que acepta demasiado.

 


El final deja una herida abierta. Sin contar de más, alcanza con decir esto: la película te sugiere que Colin aprende a negociar, a poner condiciones… pero también te deja la duda de si cambia de verdad o si repite el patrón con otro cuerpo igual de deseado y lejano. Y ahí aparece la palabra del título, “Pillion”, el asiento de atrás en una moto: ir de acompañante en la vida de otro. ¿Elección íntima o resignación? 

Al terminar de verla, se te vienen un ciclón de emociones, bronca, con ganas de discutir, con la sensación de que viste algo valioso aunque te incomode. No es un film “para entender” un colectivo ni para salir con una lección prolija. Es una película para mirarse en un espejo que no favorece. A veces el amor parece libertad; a veces se parece a un contrato. “Pillion” no te salva de esa incomodidad… te la deja en el bolsillo, como una piedra. Y bueno, qué querés que te diga: en un año de historias tibias en el cine, una piedra así se agradece.