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"La Historia del Sonido", un romance susurrado entre canciones

Hay películas que te sacuden. Otras que te abrazan. Y después están las que te acompañan en silencio, como una canción popular que escuchaste una vez y nunca te abandonó del todo. La Historia del Sonido es de estas últimas. 

Oliver Hermanus, el director sudafricano que nos sorprendió con aquel remake sensible de Ikiru (sí, la película japonesa de Kurosawa), vuelve con una historia de amor que transcurre en bosques de Maine, bares con humo de 1917 y caminos polvorientos donde la música tradicional late como un corazón escondido. Paul Mescal y Josh O'Connor son Lionel y David, dos estudiantes del Conservatorio de Boston que se encuentran en un bar atestado y descubren que comparten algo más profundo que las partituras: una obsesión por las canciones que la gente común canta en sus casas, lejos de las salas de concierto. 



La primera escena entre ellos tiene algo mágico. Lionel escucha una melodía en el piano. Es una canción de su infancia en Kentucky, de esas que aprendés en la cocina de tu abuela, no en un aula. Se acerca a David y le pregunta de dónde la conoce. Así empieza todo: con una canción compartida, con un reconocimiento mutuo. No hay declaraciones grandilocuentes ni miradas cinematográficas exageradas. Solo dos tipos que descubren que hablan el mismo idioma secreto. 

Lo interesante (y lo que puede frustrar a algunos) es que esta película no grita. No te va a agarrar del cuello para hacerte llorar. Hermanus construye todo con susurros, con espacios vacíos, con lo que no se dice. Porque estos dos hombres no pueden decir mucho, ¿no? Estamos en 1917, en una América donde ese tipo de amor debe esconderse bajo capas de "amistad" y "trabajo de campo". Entonces ellos hacen lo único que pueden: coleccionan canciones juntos.

 


David consigue fondos para viajar por Maine y grabar música folclórica con un cilindro de cera (esas máquinas antiguas que parecen sacadas de un museo). Lionel lo acompaña. Y ahí está la película: dos hombres yendo de casa en casa, tocando puertas, pidiendo a la gente que cante las canciones que heredaron de sus padres y abuelos. La cámara de Alexander Dynnan (el mismo que filmó First Reformed de Paul Schrader) captura todo con una paleta de colores... ¿cómo decirlo? Parece una fotografía antigua desteñida por el tiempo. Marrones, grises, tonos avena. Todo muy contenido, muy quieto. 

Acá viene lo polarizante: algunos van a encontrar la película demasiado lenta, demasiado tímida. Y tienen razón en parte. No hay grandes momentos dramáticos. No hay escenas de pasión desenfrenada. Josh O'Connor (carismático hasta el absurdo) y Paul Mescal (más retraído, más vulnerable) se miran, se rozan las manos, comparten silencios largos. Pero nunca explotan. La película te pide paciencia, te pide que escuches las canciones que graban como si fueran conversaciones entre ellos. 

Y las canciones... ay, las canciones. Hay algo hermoso en cómo la música folk funciona acá como lenguaje emocional. Estos hombres no pueden hablar de lo que sienten, entonces las baladas lo hacen por ellos. Cada melodía que graban cuenta historias de pérdida, deseo, nostalgia. Es como si el trabajo antropológico que hacen fuera también un espejo de lo que viven. La banda sonora de Oliver Coates se entrelaza con las melodías tradicionales de un modo que te parte al medio si te dejás llevar. 

Paul Mescal hace de Lionel un tipo con oído perfecto (puede identificar cualquier nota, ve los sonidos en colores), pero paradójicamente su personaje es el más pasivo de los dos. Reacciona, más que actuar. Josh O'Connor es el motor, el compositor, el soñador activo. Cuando están juntos, la cosa funciona. Cuando se separan... bueno, la película pierde un poco de aire. 



Hay un momento en que Lionel vuelve a la granja familiar en Kentucky. Esas escenas se sienten huecas comparadas con la química que tiene con David. Es como si Lionel solo existiera de verdad cuando está con él, cuando están cazando canciones juntas. ¿Es perfecta? No. ¿Te va a volar la cabeza? Probablemente no. Pero tiene algo que cuesta encontrar en el cine hoy: honestidad emocional sin aspavientos. Una tristeza hermosa, una melancolía que no se disculpa por existir. Es una película sobre la memoria, sobre cómo el sonido preserva lo que las palabras no pueden. 

Si vas a verla esperando Brokeback Mountain o una historia de amor épica, vas a salir decepcionado. Pero si vas dispuesto a dejarte llevar por algo más íntimo, más pequeño, más parecido a una canción vieja que alguien te canta en voz baja... puede que te quedes pensando en ella más de lo que imaginabas. 

La Historia del Sonido es una película que no te pide que la ames. Te pide que la escuches.