
Hay películas que te ponen incómodo. No porque sean malas, sino porque tocan fibras que preferirías dejar quietas. La mitad que falta (o Twinless, como se conoce en inglés) es una de esas... y sin embargo, te reís. Mucho.
James Sweeney —director, guionista y actor— vuelve a la carga después de Straight Up (2019) con una propuesta que ganó el Premio del Público en Sundance 2025. Ya pueden verla en Claro Video, Flow, Apple TV y YouTube. Y créanme: vale la pena.
La premisa arranca simple. Roman (Dylan O'Brien) va a un grupo de apoyo para gente que perdió a su hermano gemelo. Ahí conoce a Dennis (Sweeney), y en dos patadas se hacen amigos. Uno es hetero, el otro gay. Mundos diferentes, pero algo hace click entre ellos. Ahora bien... acá viene el giro.
Dennis no llegó a ese grupo por casualidad. Resulta que tuvo un romance fugaz con Rocky —el gemelo muerto de Roman—, quien murió atropellado en circunstancias que la película revela desde el arranque (pero que yo no voy a spoilear acá, tranquilos). Y así, con esa bomba de tiempo narrativa, el film despliega una historia de amistad, mentiras, obsesión y duelo que te mantiene enganchado de principio a fin.
Un triángulo afilado
La cosa se complica cuando aparece Marcy (Aisling Franciosi), compañera de trabajo de Dennis que después se vuelve pareja de Roman. Ahí tenés el triángulo clásico... pero nada de lo que pasa es clásico. Porque Dennis no solo miente sobre su pasado con Rocky: manipula, observa, se consume en una obsesión que roza lo enfermizo. Es un personaje difícil de tragar, casi irredimible hasta el final. Y eso, paradójicamente, lo vuelve fascinante.
Marcy es lo opuesto: paciente, inteligente, cariñosa. Un faro de sensatez en medio del caos emocional de estos tipos. Roman, por su parte, oscila entre la ira y la vulnerabilidad. Aprendió kárate de pibe, hizo MMA después del secundario, se define como alguien que también peleó "en las calles". Pero acá no estamos ante un héroe de acción. Es un tipo roto que busca sentido.
Violencia y honestidad brutal
Sí, hay violencia. Un personaje es golpeado hasta quedar ensangrentado. Otro pelea contra tres tipos después de recibir un insulto homofóbico (y gana, contra todo pronóstico). Las escenas son duras, pero nunca gratuitas. Sweeney entiende que el dolor —físico y emocional— es parte del universo de estos personajes. No lo esquiva.
Y tampoco esquiva la incomodidad de mostrar una obsesión gay hacia un hombre hetero. Acá no hay corrección política que valga. El film te obliga a mirar de frente ese deseo unilateral, esa soledad que convierte a Dennis en un amigo devoto pero también en un mentiroso patológico. Es incómodo, sí. Pero es real.
El estilo que hace la diferencia
Sweeney como director se luce. Planos secuencia largos, uso inteligente de pantalla dividida, una escena clave en el Hopscotch —una experiencia de arte inmersivo en Portland— llena de colores y drama. El diseño de vestuario de Erin Aldridge Orr refuerza la dualidad de los personajes. Y la música de Jung Jae-il (el tipo que compuso para Parasite y Squid Game) le da al film una cualidad inquietante que te mete más en la historia.
Todo esto equilibra un tono delicado: comedia negra, drama crudo, reflexión sobre el duelo. No es fácil lograr eso, ni para directores veteranos. Sweeney lo hace parecer natural.

Dylan O'Brien se roba todo
Pero si hay un motivo para ver La mitad que falta, ese motivo tiene nombre y apellido: Dylan O'Brien. El tipo hace un doble papel que es una clase magistral de actuación. Como Rocky es una cosa; como Roman es otra completamente distinta. Expone la ira, el dolor, la angustia. Pero también la sensibilidad más fina, esa vulnerabilidad que duele mirar.
(Por cierto, si todavía no vieron ¡Ayuda!, la nueva de Sam Raimi donde actúa con Rachel McAdams, dense una vuelta por el cine. El pibe está en racha.)
¿De qué va todo esto, en el fondo?
La mitad que falta es una película sobre el duelo, claro. Pero también sobre la mentira y sus consecuencias. Sobre cómo el miedo a la soledad nos convierte en versiones manipuladoras de nosotros mismos. Sobre la comunicación abierta, aunque duela. Sobre la amistad que se construye sobre bases falsas... y lo que pasa cuando todo se derrumba.
No es complaciente. No te va a hacer sentir bien todo el tiempo. Pero es honesta a niveles que pocas comedias (o dramas, ya ni sé qué es) se animan.

Véanla con alguien. En serio. Es de esas películas que necesitás procesar con otra persona después. Hablar, discutir, quizás pelear un poco sobre qué te pareció Dennis o si Roman hizo bien o mal en tal cosa. Sweeney logró algo raro: una película provocadora que nunca provoca por provocar.
Cada giro, cada momento incómodo, cada escena de sexo explícito o violencia está al servicio de una tristeza humana inevitable que late en el centro de todo. Para ser apenas su segundo largometraje, La mitad que falta es un verdadero acierto.