
Netflix estrena una miniserie que mezcla fantasmas, familia y la Argentina real. El resultado no es perfecto, pero deja huella.
Mis muertos tristes es una miniserie que necesita ser vista, porque con una superficilidad de terror encierra mucho más. La firma Pablo Larraín, el cineasta chileno que ya nos acostumbró a incomodar con elegancia, y la base literaria es de Mariana Enríquez, una de las voces más filosas de la literatura argentina actual. Cuatro cuentos suyos se transforman en cuatro episodios que hablan de fantasmas, sí, pero sobre todo hablan de nosotros.
La propuesta transcurre en una Argentina reconocible, sin golpes bajos ni discursos de manual. No hay panfleto. Hay barrio, hay vecinos, hay miedo. Y hay una idea de fondo que atraviesa toda la trama: si las injusticias del pasado no se reparan, ni la muerte trae descanso.
Sobre la dirección, el trazo de Larraín elige planos angulares y una saturación de color que llama la atención. Es un estilo pensado, casi de laboratorio. El problema es que esa estética tan cuidada choca un poco con el mundo que retrata: la pobreza y la decadencia no necesitan tanto diseño. Ahí el relato pierde algo de crudeza. Aun así, hay que reconocer un acierto grande: filmar en Piedrabuena, ese barrio con torres, pasillos y una piscina enorme en la cima de un edificio. Esa geografía le da cuerpo a la historia, casi como un personaje más.
En cuanto a la trama, todo gira en torno a Emma, una médica a la que jubilaron sin preguntarle demasiado. Emma puede hablar con los muertos, un don que carga como quien carga una mochila pesada. Su madre acaba de morir, aunque para ella eso apenas es un trámite: la seguirá viendo igual. La complicación llega con su hermana Lidia, que vuelve desde Estados Unidos junto a su marido Tomás y su hija Julie. El motivo del viaje aparenta ser el duelo, pero la verdad es otra: internar a Julie, que atraviesa problemas de salud física y mental. La ironía es fuerte: vienen a buscar la salud pública argentina porque en el país del sueño americano el tratamiento sale una fortuna. Ahí, entre estas dos hermanas que apenas se toleran, la serie encuentra su mejor espejo social.
Las actuaciones son, sin dudas, lo más sólido de la propuesta. Mercedes Morán construye una doctora enigmatica, con una mezcla de melancolía y hartazgo que crece episodio a episodio. Alejandra Flechner, por su parte, arma un personaje que tapa la angustia con un spanglish que suena a excusa constante. Carolina Álvarez, con poco tiempo en pantalla, deja una marca profunda: incomodidad y necesidad de cariño en la misma mirada. Y Carlos Portaluppi compone a un marido siempre positivo, aunque por dentro tiemble ante el juicio de su esposa. Se suma también Dolores Fonzi, en la piel de Carolina, la hija fotógrafa de Emma, con una vida que no termina de acomodarse.
En lo técnico, la fotografía elige tonos grises y una opacidad que puede resultar la elección menos lograda de toda la serie. No arruina nada, pero tampoco suma. El tono general, ácido y tenso en las charlas familiares, contrasta de manera fuerte con la calma que esta médica retirada, despliega frente a sus muertos. Ese contraste es, quizá, el verdadero corazón emocional de la propuesta.

Si a Stephen King le gustan los fantasmas que no parecen fantasmas y los silencios que asustan más que cualquier grito, esta serie tiene todo para conquistarlo.
Y acá vale la pausa final. Porque Mis muertos tristes habla, sin decirlo con letras grandes, de la Argentina del 2026. De una salud pública que resiste a pesar de todo, de familias divididas entre quedarse o irse, de la ilusión rota de Estados Unidos como tierra prometida. Pues bien, esa es la verdadera aparición de la serie: no un fantasma que asusta, sino un espejo que incomoda. Y ese incomodar, en definitiva, es lo que mejor le sale a este director.
País: Argentina y Chile
Plataforma: Netflix
Dirección: Pablo Larraín
Guion: Mariana Enriquez, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y Pablo Larraín (basado en los cuentos de Mariana Enriquez)
Producción: Juan de Dios Larraín, Pablo Larraín y Ángela Poblete (Fábula