
Hay películas que uno entra al cine con expectativas razonables y sale con la sensación de que algo falló en el camino. No un fracaso rotundo, pero sí esa incomodidad de quien pagó la entrada esperando una cosa y recibió otra. Playa de Lobos, la nueva apuesta hispano-argentina con Guillermo Francella como gancho comercial, es exactamente eso.
La película transcurre casi en su totalidad en un chiringuito de Fuerteventura, en las Islas Canarias. Klaus, un argentino de origen sueco —o eso dice él— llega al lugar como cualquier turista y, cuando cae la tarde, simplemente no se quiere ir. Ahí empieza todo. Manu, el encargado del bar, queda atrapado en esa situación que arranca como comedia y pretende virar al thriller psicológico. La premisa, hay que reconocerlo, tiene algo genuinamente atractivo. Dos desconocidos, un espacio cerrado, tensión que debería escalar. El problema es que el guion nunca termina de decidir qué quiere ser.
La trama avanza a los tropiezos. Hay momentos donde la película intenta construir suspenso con frases enigmáticas, silencios calculados, miradas cargadas de segunda intención. Pero cada vez que la tensión empieza a respirar, algo la interrumpe — un chiste fuera de lugar, una escena musical de dudoso aporte, una reacción del personaje de Manu que desafía cualquier lógica adulta. Para que la historia funcione, él debe aceptar situaciones que ninguna persona con sentido común toleraría. Es un recurso viejo y bastante cansador.
El director Javier Veiga, conocido por el arrasador éxito popular de Ocho apellidos vascos, apuesta acá por un formato casi teatral. Dos actores, un solo escenario, mucho diálogo. Cuando eso funciona —y puede funcionar, hay ejemplos brillantes en la historia del cine— es porque el guion tiene algo verdadero que decir, algo que aprieta. Acá no hay ese apriete. La dirección es prolija, correcta... y nada más. La isla, con todo su potencial visual —el viento, el encierro, la vastedad del mar— aparece apenas como decorado. Una oportunidad desperdiciada.
Y después está Francella. Seamos claros: es un actor con un talento innegable. Cuando se pone en modo oscuro y calculador, hay algo en su presencia que genuinamente inquieta. Hay destellos en esta película donde uno cree que Klaus podría ser cualquier cosa — un manipulador, un fantasma, alguien con un pasado muy pesado. Esos momentos funcionan. El problema es que el guion lo obliga a alternar esa faceta con su costado cómico más reconocible, ese tono que el público argentino asocia con personajes entrañables de la televisión. Y cada vez que aparece ese Francella, la tensión se desinfla. No porque el actor lo haga mal — lo hace con oficio, como siempre. Sino porque recurre a las mismas herramientas de siempre. El mismo timing, el mismo gesto, la misma mueca. Es su marca registrada y, a esta altura, también su límite.

Dani Rovira hace lo que puede con un personaje diseñado para perder. Su Manu es tan simplón, tan fácil de engañar, que resulta imposible empatizar con él. No hay matices, no hay evolución real. Solo un hombre que existe para que Klaus brille.
Playa de Lobos dura cien minutos que se sienten más largos. Tiene buenos ingredientes sueltos — una locación extraordinaria, dos actores con trayectoria, una idea inicial con potencial — pero nunca logra unirlos en algo que te deje pensando al salir. Es entretenimiento liviano disfrazado de thriller. Uno la mira, sonríe en algunos pasajes, se distrae en otros... y al día siguiente ya no está. A veces las películas nos recuerdan que una buena idea en manos de un guion inseguro termina encallada en la orilla. Como los propios lobos del título: todo amenaza, poca mordida.