02 Apr
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Hay espectáculos que llegan a Buenos Aires casi de puntillas, sin demasiado ruido, y sin embargo traen algo que sacude. Boys in the Sand es uno de esos. Del 10 al 12 de abril, la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530) abre sus puertas para recibir una pieza de danza contemporánea que viene directo desde los Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid. 

Tres noches, tres funciones a las 19.30. Y una pregunta que queda flotando en el aire: ¿hasta dónde somos capaces de mirar la intimidad del otro sin incomodarnos? 

La obra es un trío para hombres. Tres bailarines en escena, tres cuerpos que dialogan, que se rozan, que se exponen. El título no es casual: viene de una película de 1971, Boys in the Sand, del director Wakefield Poole. Una pieza pionera del cine gay que en su momento fue celebrada —y también temida— por mostrar la intimidad sin filtros, sin disculpas, sin el pudor que la sociedad de entonces exigía. Esa película fue, en su era, una pequeña revolución. Y esta danza quiere ser, a su manera, otra. 




¿Cómo nació todo esto? De un deseo personal. El coreógrafo israelí Adi Schwarz —formado en el prestigioso Batsheva Dance Company Ensemble, una de las escuelas de danza más respetadas del mundo— sintió la necesidad de crear un espacio donde algo que suele quedar en la sombra pudiera salir a la luz. "Me parecía importante generar un lugar donde uno pudiera sentirse libre y abierto a expresar su sexualidad sin miedo", dijo. Y con esa intención en mente, construyó esta coreografía. El estreno fue en septiembre de 2025, en Madrid, dentro del ciclo Canal Baila. Ahora llega a Buenos Aires de la mano de esa misma programación internacional. 


Schwarz es un artista queer que no esquiva el tema. Al contrario, lo pone en el centro. Pero —y acá está lo interesante— la coreografía no reproduce el contenido explícito de la película. Lo que hace es algo más sutil y, en cierto punto, más poderoso: captura las sensaciones que esa película retrata. La suavidad. La fragilidad. La feminidad dentro del cuerpo masculino. Todo eso que el mundo suele pedirle a los varones que escondan. 

Los tres bailarines —Ángel Bogar, Koen Kaya Eye y Michele Simi— cargan con eso. Sus cuerpos no ilustran una historia lineal: la encarnan. Schwarz tiene una frase que lo dice mejor que cualquier descripción: "La belleza de la danza está en la verdad del cuerpo. No quiero imponer una narrativa al público". Esa libertad se siente en la puesta. La música, construida con temas de Amenra, Gabriel Fauré y composiciones de Víctor Saiz, entre otros, le da al espectáculo una textura densa, a veces oscura, siempre envolvente. El vestuario y la iluminación —a cargo del propio Schwarz— refuerzan ese universo de minimalismo y abstracción que el coreógrafo busca. Nada sobra. Cada elemento habla. 




Y después de todo esto, ¿qué queda? Schwarz habla de Boys in the Sand como "un oasis de calma dentro del caos". En un mundo que parece correr sin parar, tres cuerpos en escena proponen algo extraño y necesario: detenerse. Mirar. Sentir sin juzgar. 

Quizás eso es lo más político de esta obra. No los temas que aborda, sino el simple hecho de existir. De pararse frente al público y decir: esto también es amor, esto también es deseo, esto también merece un escenario. 65 minutos. Recomendada para mayores de 16 años. 

Entradas desde $30.000 en complejoteatral.gob.ar. Una cita que vale la pena.


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