Continúa la quinta edición de Rojo, el Festival Independiente Internacional de Clown, una propuesta cultural dedicada al arte circense del payaso que combina espectáculos, intervenciones, varietés, talleres y actividades especiales, con la participación de artistas nacionales e internacionales.
El encuentro se extenderá hasta el domingo 28 de junio, en el Centro Cultural Resurgimiento, en Buenos Aires. Como ocurre en estos festivales, las entradas son “a la gorra”, con el objetivo de que nadie quede afuera de esta verdadera celebración payasa.
La programación prevé 13 actividades: 10 espectáculos, una varieté con cinco números seleccionados, una jam de improvisación clown abierta al público y dos seminarios intensivos a cargo de maestras reconocidas.

El festival nació con una convicción simple: el clown merece su propio espacio. No como número de relleno en una cartelera más grande, sino como lenguaje central, como forma de mirar el mundo. Luis Levy y Santiago Legón, los payasos budistas que conducen el equipo de producción, sostienen desde hace cinco años ese espacio en el barrio de Villa del Parque, en el Centro Cultural Resurgimiento. Lo hacen a la gorra, para que nadie se quede afuera. Eso también es una declaración de principios.
En noviembre de 2025, el equipo recibió el premio Teatros del Mundo. Un reconocimiento que llegó desde afuera, pero que el festival ya se había ganado desde adentro: con más de 180 obras recibidas en la convocatoria de este año, de trece países distintos, Rojo dejó de ser un evento local hace tiempo.
La programación 2026 concentra diez espectáculos, una varieté con cinco números seleccionados, una jam de improvisación abierta al público y dos seminarios intensivos. Todo entre el miércoles 24 y el domingo 28 de junio. La agenda es densa, pero cada propuesta tiene su propia respiración.

Pues bien, hablemos de El errático comportamiento de los seres, la obra uruguaya que cierra el festival el domingo 28. Agustina Pezzani, Beatriz Sayad y Verónica San Vicente llevan adelante una reunión de consorcio. Así de cotidiano. Así de familiar. Tres mujeres intentan mantener el orden en ese pequeño teatro del absurdo que es cualquier asamblea de vecinos, y en ese intento se revelan los desbordes, la torpeza, el encanto de personas que ejercen su mínimo poder con una seriedad desproporcionada.
La dirección de Florencia Santángelo apuesta por el equilibrio precario como estética. No hay excesos. Todo se sostiene en ese filo donde la situación todavía no colapsó... pero está por hacerlo. Esa tensión es lo que genera la risa. Y también, en algún punto, el reconocimiento incómodo: cuántas veces fuimos nosotros esos personajes.
La versatilidad de las tres protagonistas es lo que sostiene el relato. El clown físico exige honestidad. No hay dónde esconderse. Cada gesto, cada pausa, cada reacción tiene que ser creíble en su propia lógica interna. Pezzani, Sayad y San Vicente construyen tres mujeres distintas, con sus propias formas de organizarse y de desorganizarse, y las habitan con una precisión que no se siente calculada. Se siente vivida.
El resto de la programación también tiene su peso. Botánico, de Marina Barbera y Manuel Galíndez Tuero, llega desde Bariloche con una clase magistral sobre plantas briófitas que esconde una pregunta sobre la vida y la muerte. 15 centímetros, de Camille Belmont, propone una encuesta participativa que se convierte en espejo de nuestra dificultad para acercarnos a los demás. Un mapa me viene haciendo, de Ivana Fredes, combina clown y teatro de objetos en un viaje que siempre va de ida.

Eso es lo que hace Rojo: junta propuestas que no tendrían por qué estar juntas y las pone a conversar. Artistas de Uruguay, de Bariloche, de El Bolsón, de Buenos Aires. Estilos distintos, búsquedas distintas, pero un mismo impulso: decir algo verdadero desde el juego.
Al final, el clown no es un género menor. Es uno de los pocos lenguajes escénicos que puede hablar de la muerte, del amor y del caos cotidiano sin perder el humor. Y sin perder la ternura. Eso, en estos tiempos, vale mucho.