21 Jun
21Jun

Hay obras que uno va a ver por curiosidad y termina llevándose mucho más de lo que esperaba. El curioso incidente del perro a medianoche es una de esas. La pieza nació de la novela homónima de Mark Haddon, publicada en 2003, y llegó al teatro gracias a la adaptación de Simon Stephens, que supo trasladar al escenario algo que parecía imposible: el modo en que un chico percibe el mundo desde adentro. 

La versión que hoy se presenta en Buenos Aires lleva la dirección de Carla Calabrese, y ahí empieza lo interesante.


FUNCIONES 

VIERNES Y SÁBADO a las 20 HORAS

DOMINGO a las 18 HORAS


ENTRADAS A LA VENTA POR PLATEANET O

EN LA BOLETERÍA DEL TEATRO MAIPO ESMERALDA 443


La historia arranca como un policial casero. Christopher, un adolescente dentro del espectro autista, encuentra muerto al perro de una vecina y decide investigar quién lo mató. Hasta acá, nada fuera de lo común. Pero pues bien: ese caso, que parece menor, se convierte en la llave que abre una puerta mucho más incómoda. Lo que Christopher descubre no tiene que ver con el perro. Tiene que ver con su propia familia, con mentiras que los adultos sostienen para protegerse y con una verdad que no encaja con la lógica ordenada que él necesita para entender la vida. 

Ahí está el corazón de la obra. Christopher busca hechos, busca certezas, busca un mundo que tenga sentido. Los adultos a su alrededor, en cambio, viven entre contradicciones, silencios y medias verdades. El choque entre esos dos modos de estar en el mundo es lo que sostiene la tensión dramática de principio a fin. 

La dirección de Calabrese elige un camino arriesgado y lo gana. En vez de explicar el autismo o convertir a Christopher en una bajada de línea sobre la neurodiversidad, construye un lenguaje escénico que pone al espectador adentro de su cabeza. Las proyecciones, los desplazamientos coreografiados y la organización del espacio no decoran la historia: la cuentan. Cada estímulo que Christopher procesa, cada patrón que busca para no perderse, se vuelve imagen, se vuelve movimiento, se vuelve ritmo en el escenario. El resultado es una experiencia que no se mira desde afuera. Se atraviesa. 

Sobre esa base trabaja el elenco, y acá hay que detenerse. Iñaki Aldao construye un Christopher que nunca cae en el cliché ni en la explicación clínica. Es, ante todo, un joven que intenta encontrar su lugar en medio de un caos que no eligió. Pero el verdadero sostén emocional de la obra está en sus protagonistas femeninas, que despliegan una versatilidad notable. Melania Lenoir atraviesa registros que van de la ternura más pura a la angustia más cruda, y lo hace sin perder nunca la coherencia interna de su personaje. Su trabajo exige pasar de la contención a la fragilidad en cuestión de segundos, y lo logra con una naturalidad que conmueve. 

El resto del elenco, con Andrés Bagg a la cabeza de los personajes masculinos secundarios, completa un cuadro actoral sólido, donde cada conflicto cotidiano suma matices y evita cualquier mirada simplificadora sobre la familia de Christopher. 



Algo que sorprende, además, es el equilibrio tonal. La obra trata temas duros: el abandono, la mentira, la dificultad de comunicarse con quien amamos. Y sin embargo tiene humor. Hay chistes bien puestos, momentos de respiro, pequeños alivios que no bajan la intensidad del drama sino que lo hacen más humano todavía. 

Al final, lo que queda no es la resolución del misterio del perro. Queda otra cosa. Queda la sensación de haber visto, por un par de horas, el mundo desde otro lugar: uno lleno de trenes, de números, de metáforas y de estrellas, donde todo necesita un orden para no desbordarse. Y queda, también, una pregunta incómoda y necesaria: cuánto de lo que llamamos normal es apenas un acuerdo tácito entre quienes preferimos no mirar de frente nuestras propias fisuras. 

El curioso incidente del perro a medianoche no pide que entendamos a Christopher. Pide que nos animemos a entendernos un poco mejor entre nosotros.



Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.