22 Mar
22Mar

Hay obras que no te sueltan. Que terminan y uno sale a la calle con algo raro en el pecho, una mezcla de incomodidad y belleza. El Idiota, la adaptación teatral de la novela de Dostoievski que volvió a la cartelera porteña, es exactamente eso. Una experiencia que inquieta, que toca fibras que uno creía bien guardadas. 

La pieza tiene funciones los sábados a las 20 en el Teatro El Convento, un espacio que ya de por sí te predispone a algo diferente. Muchos años de historia, un edificio que fue convento en el 1600, en Reconquista 269. Las paredes hablan antes de que empiece la función. Hay algo en ese lugar que acompaña lo que se cuenta adentro. 


¿Cómo nació todo esto?

Martín Barreiro, director y adaptador, se tomó su tiempo. Más de un año de trabajo, varias lecturas de la novela, idas y vueltas con el texto. No es un proceso menor: tomar una obra de semejante densidad y condensarla en 90 minutos sin que pierda alma... no es tarea para impacientes. 

El resultado prescinde de subtramas y personajes secundarios. Una decisión quirúrgica, inteligente. La historia principal respira sin el peso de todo lo demás, y eso le da ritmo. Barreiro eligió quedarse con lo esencial: el choque brutal entre un hombre bueno y un mundo que no sabe qué hacer con la bondad. La obra se estrenó en 2025 y, pues bien, el público la recibió con el entusiasmo suficiente como para que volviera a escena. Eso dice algo. 




La puesta, la dirección, lo que se ve 

La escenografía tiene una particularidad llamativa: los propios actores arman y desarman el mobiliario durante la función. Sillas, mesas, el espacio en constante mutación. A veces eso genera cierta incomodidad - una tensión que uno no sabe bien si es intencional o un tropiezo técnico. Pero funciona. Le imprime al relato una sensación de precariedad, de mundo que no termina de asentarse. 

La iluminación, en general, es un acierto. Tiene momentos de una potencia visual notable, aunque en algunos instantes falla en la distribución sobre los protagonistas. Nada que arruine la experiencia, pero se nota. Lo que sí no falla es la dirección de cuerpos. Barreiro maneja los espacios y los movimientos con una precisión que sorprende. Hay una plasticidad en la puesta que la vuelve contemporánea sin forzarlo. 


Los actores, el alma de todo

Matías Turina como el Príncipe Mishkin es creíble de una manera que desarma. Excéntrico pero tierno, con esa ingenuidad que uno no sabe si admirar o proteger. Mishkin regresa a San Petersburgo después de un tratamiento en Suiza y su naturaleza compasiva choca de frente contra un mundo de oscuridades, ambiciones y traiciones. Las dos mujeres de su vida son el verdadero motor emocional de la obra. Vivi Campos como Nastasia y Sofía Jazmín como Aglaya - y también como Varya - entregan interpretaciones de una intensidad que te clava en el asiento. Son personajes complejos, contradictorios, y ellas los habitan con convicción. 



El resto del elenco no se queda atrás. Emanuel Arce como Rogózhin es el peligro hecho carne. Su mirada fija en el brillo de un cuchillo te pone los pelos de punta. Es la obsesión sin freno. Y después está Fernando López como Hipólito, un pibe enfermo que es como un "ángel negro". Se mueve entre las sombras, escucha todo, parece que maneja los hilos de los demás sin que lo vean. 

Los padres, el General (Alberto Cravero) y Lizabeta (Mimi Ferraro), representan ese frío de la alta sociedad. Son tipos que cuidan el honor y la billetera, pero no tienen un gramo de lástima por el que sufre. Lo mismo pasa con Gania, interpretado por Francesco Francica, un tipo lleno de odio y envidia que el público termina por admirar por la fuerza de su resentimiento. 

Un momento aparte: cuando el General y Lizabeta invitan a su hija a cantar una canción típica rusa. En vivo, sin artificio. El silencio que acompaña ese instante dice más que cualquier monólogo. 




Para cerrar, algo que vale la pena pensar 

Dostoievski escribió esta historia en el siglo XIX, pero la pregunta que hace sigue vigente: ¿qué le pasa a un ser genuinamente bueno cuando el mundo que lo rodea no tiene lugar para la bondad? La respuesta que da El Idiota no es optimista. Y eso es lo que la hace honesta. Salís del teatro pensando en Mishkin. En su fracaso inevitable. Y, de alguna manera, en el tuyo propio.



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