10 Feb
10Feb

El viernes pasado se abrió el telón en Espacio Callejón para recibir "El mayordomo", y la verdad es que hacía falta una propuesta así. Una comedia honesta, sin pretensiones de cambiar el mundo, pero con la ambición justa de hacerte pasar un buen rato. Y vaya que lo logra. 

La premisa es simple pero efectiva: Federico, un tipo al que la vida le viene pateando hace rato, recibe una herencia inesperada. Una casa antigua, de esas con historia, que perteneció a una amiga ya fallecida. Hasta acá, todo normal. El problema—o mejor dicho, la gracia—arranca cuando aparece una pareja excéntrica que dice ser familia de la difunta. Y después, como si faltara leña al fuego, vuelve a irrumpir Osvaldo, ese vendedor ambulante del barrio con más cara que espalda. Este tipo, casi sin respirar, inventa que Federico es el mayordomo de la casa. Pum. Ahí nomás arranca el lío, las mentiras se apilan y la cosa se pone desopilante. 

Natalia Figueiras, autora de la obra, partió de esa idea sencilla: un personaje derrotado que recibe algo que parece demasiado bueno para ser verdad. Y sí, es sospechoso. Todo huele raro. La trama tiene ecos de esas novelas de Agatha Christie donde el misterio se va pelando de a poco, capa por capa, y recién al final—cuando ya estás convencido de que sabías todo—te das cuenta de que no sabías nada. 



Una dirección que crece con cada función

Gastón Dufau se estrena acá como director, y se nota que tiene oficio. Su trayectoria como actor le dio ojo para entender el ritmo, los tiempos, esos silencios que valen oro en comedia. Claro, es su primera vez del otro lado y algunas transiciones todavía patinan un poco. Hay momentos donde la dinámica se traba, videos que entran a destiempo... pero nada grave. Son ajustes que se van puliendo función tras función, y seguro que en un par de semanas la cosa va a fluir todavía mejor. 

Lo lindo es que Dufau no fuerza nada. Confía en los actores, en el texto, en que la risa va a llegar sola si se construye bien el momento. Y tiene razón. 


Una mezcla rara que funciona

La escenografía merece un párrafo aparte. Silvina Salazar—que además diseñó el vestuario—armó un espacio que es pura identidad. Resulta que la pareja excéntrica viene de Japón (o eso dicen), entonces la casa termina siendo una fusión argentino-japonesa bastante particular. No es recargada, pero está llena de detalles. Es campestre y oriental al mismo tiempo, y de alguna manera tiene sentido. Ese choque cultural se traduce en el mobiliario, en los objetos, en cómo se habita el espacio. 

Y los actores... bueno, acá está el corazón de la obra. Santiago Vicchi, Ricardo Larrama, Bautista Duarte, Carina Buono y la propia Figueiras arman un elenco parejo, sin estrellas que opaquen al resto. Cada uno brilla en su papel, y lo mejor es que todos entienden el código: la comedia funciona cuando los personajes creen de verdad en lo que viven, por más absurdo que sea. No buscan el chiste fácil ni el golpe bajo. La risa aparece porque estos tipos están convencidos de su locura. Y eso... eso es difícil de lograr. 


Temas que nos tocan a todos

Por debajo del humor—que nunca afloja—la obra habla de cosas que duelen. La ansiedad. Los vínculos rotos. El amor no correspondido. La posibilidad de volver a empezar cuando ya tiraste la toalla. Figueiras mete estos temas con sutileza, sin discursos ni bajadas de línea. Están ahí, como parte del paisaje, y cada uno los reconoce a su manera. 

El texto es sencillo, es cierto. A veces hasta predecible. Hay giros que se ven venir. Pero también hay momentos donde el absurdo te agarra desprevenido y te saca una carcajada honesta. Tiene esa cosa de las tragicomedias: te reís, pero por momentos te aprieta un poquito el pecho.

 


Teatro para condimentar el alma

Hay un tipo de teatro que yo llamo "para condimentar". No porque sea menor ni mucho menos, sino porque cumple una función necesaria: te hace reír sin pedirte nada a cambio. No te exige que pienses en la condición humana ni que salgas transformado. Te pide dos horas de tu vida y te devuelve risas, y eso—créanme—no es poca cosa. 

"El Mayordomo" es exactamente eso. Una propuesta honesta, entretenida, con un equipo que se nota cohesionado y que la pasa bien arriba del escenario. Sí, hay interpretaciones mejores y peores dentro del elenco. Sí, el texto podría exprimir un poco más algunas situaciones. Pero todo eso importa poco cuando el público sale contento. 

En esta temporada veraniega, con el calor apretando y la ciudad medio vacía, una comedia así cae perfecta. Es exactamente lo que necesitamos: desconectar, reírnos de lo absurdo y recordar que a veces una mentira bien contada puede ser el inicio de algo nuevo. 

Las funciones son los viernes a las 20, Humahuaca 3759. La entrada está en Alternativa. Dense una vuelta. Total, ¿qué puede salir mal con un mayordomo improvisado y una casa llena de secretos?



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