Hay obras que te cuentan una historia. Y hay otras que te meten de lleno en algo más raro, más incómodo, más verdadero. El trabajo, de Federico León, es de las segundas. La pieza vuelve a la sala ZELAYA del Abasto —Zelaya 3134, para los que quieran anotarlo— después de pasar por el Festival Santiago a Mil en Chile, y antes de viajar al FITEI de Portugal. Buenos Aires, entonces, como escala entre dos continentes. No está nada mal.
Las funciones arrancan este viernes 6 de marzo, y siguen los viernes y sábados a las 20 h. Una temporada especial, dicen. Y uno entiende por qué usan esa palabra.

¿De dónde sale todo esto?
León lleva más de quince años al frente de talleres de actuación. Quince años mirando cómo la gente se para frente a otros, se expone, falla, vuelve a intentarlo. En algún momento —esos momentos que no se pueden planificar— decidió que esa experiencia merecía el escenario. Así nació El trabajo: no desde una idea abstracta, sino desde algo que él vive, que él enseña, que él conoce por adentro. La obra es una destilación de esa práctica. Un teatro que nació del aula.
¿Qué pasa arriba del escenario?
Tres participantes de un taller —Matías, Marian y Dina— se someten a reglas, protocolos, mandamientos. Hay autodisciplina, hay pruebas, hay accidentes. Y hay un profesor que los guía, los presiona, los lleva al límite. Ese profesor lo encarna el propio León. Sí, el director también actúa. Y eso ya dice algo sobre la apuesta de la obra: nadie mira desde afuera, todos se meten. El resultado es un laboratorio en vivo. Los experimentos no tienen final previsto. El público observa como quien espía algo que no debería ver... y eso, justamente, es lo que lo atrapa.
Tres presencias que no se olvidan
Santiago Gobernori —dramaturgo, director, figura del teatro under porteño— no viene a hacer de actor. Viene a poner en crisis su propia estética. Sus escenas tienen humor, tienen juego de lenguajes, tienen algo que te hace reír y pensar al mismo tiempo. Una combinación difícil. Él la logra.
Beatriz Rajland tiene una trayectoria que incluye las tablas y un doctorado en Derecho Político. ¿Qué hace una mujer así en un experimento teatral de estas características? Exactamente eso: romper cualquier idea preformada sobre la edad y el arte. Su presencia en escena es un argumento en sí mismo. Cuando ella y Gobernori comparten el espacio, pasan cosas inesperadas —tensión, comicidad, algo que no tiene nombre claro— y eso es de lo mejor que puede pasar en un teatro.
León, por su parte, se transforma. Puede ser el profesor autoritario o un personaje grotesco o, dicen, incluso un animal. La radicalidad no es un adorno: es el método.

Para cerrar
El trabajo no es una obra para quien busca que le cuenten algo lindo. Es para quien quiere entrar en la trastienda del acto de actuar, ver cómo se construye un personaje desde adentro, sentir la tensión entre lo que se planifica y lo que simplemente... sucede.
En un momento donde mucho teatro busca respuestas, esta obra hace algo más interesante: formula preguntas que no resuelve. ¿Dónde termina el ejercicio y empieza la verdad? ¿Hasta dónde puede llegar alguien que se entrega a la transformación? No hay respuesta fácil. Pero vale la pena ir a buscarla.