Hay obras que entran con golpe de efecto y otras que se cuelan despacio, como quien abre un libro viejo y encuentra una foto olvidada entre las páginas. Estos pequeños libros que quedan pertenece a esta segunda especie. Desde el 1 de junio se puede ver en Arthaus Central, sobre Bartolomé Mitre 434, y propone algo poco habitual para una sala de teatro: convertir una biblioteca entera en escenario, en clima y, sobre todo, en testigo.
La premisa parece simple. Una madre y una hija buscan un objeto perdido en medio de torres de libros desparramadas por todos lados. Pero no, no es tan simple. Ese objeto guarda un dolor, uno de esos que cuesta nombrar en voz alta. Y entonces la búsqueda se transforma en otra cosa: en una excusa para hablar de lo que no se habla. Cada una revisa los libros a su manera, con su propio ritmo, su propio método. No encuentran lo que buscan. Encuentran, en cambio, otras cosas: versos, recuerdos, pequeñas verdades que estaban ahí, esperando.
¿Cómo nació todo esto? La autora cuenta que la obra surgió de una anécdota personal, de esas que a uno le pasan y después no sabe bien qué hacer con ellas. Pudo haber sido, según sus propias palabras, consecuencia de una lectura intensa de El Quijote. Entonces fue a buscar en la ficción una manera de contar ese momento de su vida. Así nació el texto, y de ahí también el nombre del colectivo que lo produce: Paraíso Club de Artes Escénicas, un grupo autogestionado fundado por Cynthia Edul junto con dos de los intérpretes de la obra, en colaboración con la sala Arthaus.

Edul escribe y dirige esta pieza con mano delicada, casi artesanal. No busca solemnidad ni golpes bajos. Construye, en cambio, un diálogo enorme donde escritores y poetas de distintas épocas conviven en el mismo espacio: ahí están Pablo Neruda y César Vallejo, ahí está Shakespeare con La Tempestad, ahí está Cervantes, ahí está Borges, que como dice un personaje "está en todos lados". También aparece Vivian Gornick con su crónica sobre el vínculo con su madre, una referencia que dialoga, sin decirlo del todo, con lo que pasa en escena. La puesta apuesta por la cercanía: el público rodea el espacio de tres lados, bañado en una luz dorada que le da al lugar algo de mágico. Y la biblioteca, en el cuerpo del actor Ignacio Sánchez Mestre, no es decorado: es personaje, con voz propia y opiniones propias sobre el desorden, sobre los libros, sobre la vida.
Las tres actuaciones sostienen la obra desde lugares bien distintos. Mónica Raiola, en el papel de la Madre, trae una ironía fina que le da peso a lo simple y liviandad a lo grave, eso que tanto cuesta lograr en escena. Agustina Muñoz, como la Hija, profesora de literatura y escritora, aporta una tensión más contenida, la de alguien que sabe nombrar las cosas con palabras ajenas pero no encuentra las propias. Y Sánchez Mestre, como la Biblioteca, oficia de bisagra: une, comenta, a veces hasta provoca. Entre los tres arman un tejido donde la literatura nunca pesa como cita erudita, sino que respira como conversación de sobremesa.
El tema de fondo, sin embargo, va más allá de los libros. Es el duelo. Es esa relación entre madres e hijas que nunca termina de resolverse del todo, hecha de reproches viejos y de ternura que aparece cuando uno menos lo espera. Pasa con el lobito de peluche del clima marplatense, con fotos de la infancia, con souvenirs de algún viaje. Pasa, en definitiva, con todo eso que guardamos sin saber bien por qué, hasta que un día lo encontramos, o lo perdemos, y recién ahí entendemos su peso real.

Quizás ahí esté la verdadera propuesta de la obra: no toda pérdida se resuelve, pero a veces alcanza con nombrarla bien para que duela un poco menos. La poesía no devuelve lo perdido. Eso lo sabe la Hija, que no es muy fanática de Neruda, y lo sabe también la Madre, que insiste en que "escribe excelente". Entre las dos posturas, entre el escepticismo y la fe en la palabra escrita, Estos pequeños libros que quedan encuentra su lugar justo: ni golpe bajo ni distancia académica, sino un gesto cálido que invita al público a buscar, también, en sus propias bibliotecas.
Las funciones son a las 20h en Arthaus Central. Quedan disponibles el 22 de junio y el 20 y 27 de agosto. Las entradas, a $20.000 (con descuento para estudiantes y jubilados a $14.000), se consiguen por Alternativa Teatral.