05 Jul
05Jul

Hay obras que uno ve una vez y las olvida. Y hay otras que quedan ahí, en algún rincón de la memoria, esperando el momento de volver a escena. Gurisa pertenece a ese segundo grupo. La pieza nació en 2016, en el Portón de Sánchez, y desde entonces recorrió temporadas y escenarios con un éxito que no se apaga. 

Este mes vuelve a ese mismo espacio, los jueves a las 20:30, luego del Foco dedicado a su creador en el Centro Cultural Borges. Una retrospectiva que le hizo justicia a un artista que construyó un universo propio, difícil de clasificar y todavía más difícil de olvidar. 

La historia transcurre en una estancia de La Pampa, en pleno siglo diecinueve. Una hija de terratenientes se debate entre la educación que recibió y el instinto que la empuja hacia un peón, un gaucho sin modales ni escrúpulos. Alrededor de ese romance imposible aparecen otras figuras: una china joven, un indio, una india vieja, una esclava, una inglesa. Cada una carga su propia historia de deseo y de injusticia. Cada una habla, a su manera, de las clases sociales y de las clases sexuales que dividieron a ese país que todavía estamos construyendo. 



Ahora bien, lo que distingue a Gurisa no es solo el argumento. Es la forma en que ese argumento se cuenta. Toto Castiñeiras, dramaturgo y director de la pieza, trabajó con el Cirque du Soleil antes de volcar su oficio al teatro corporal. Esa marca se nota en cada escena. Acá casi no hay diálogo tradicional: hay cuerpos que saltan, que se transforman, que arman y desarman personajes frente al público sin previo aviso. 

El texto funciona como un rompecabezas que el espectador arma con lo poco que tiene: unos nombres extraños, como Mamucha o la Humita, y unas frases sueltas que hay que traducir con atención. La dirección de Castiñeiras elige la sobriedad como herramienta. Poca escenografía, vestuarios hechos de trapos y telas sucias, lámparas que los propios actores mueven por la sala para iluminar cada cuadro. Nada de efectos grandilocuentes. Todo el peso cae sobre los cuerpos. 

Y ahí aparece lo más notable de la obra: seis actores varones interpretan a la mayoría de los personajes femeninos. Juan Azar, Francisco Bertín, Nicolás Deppetre, Marcelo Estebecorena, Pablo Palavecino y Facundo Posse construyen mujeres grotescas, tiernas, violentas, ridículas y profundamente humanas, todo en la misma escena. No hay un solo registro. Pasan de la comedia al drama sin transición visible, y sostienen esa transformación con una exigencia física que impresiona. Bailan, se funden entre ellos, cambian de personaje con apenas un gesto. Esa versatilidad es el verdadero motor de la puesta: sin ella, la parodia se quedaría en simple imitación. 



La música original de Javier Estrin acompaña cada movimiento como si fuera otro cuerpo más en escena. La iluminación de Valeria Junquera y Omar Possemato hace el resto: crea climas íntimos, casi domésticos, en medio de una historia que habla de violencia y de deseo. El vestuario de Daniela Taiana y la coreografía de Valeria Narvaez completan un trabajo artesanal, pensado hasta el último detalle. Hay humor en Gurisa, sí. Pero ese humor no esconde el fondo trágico de la historia: los amores prohibidos, las rabias contenidas, las fronteras de género que la obra empuja hasta hacerlas visibles. 

Al final, uno sale del Portón de Sánchez con una sensación difícil de nombrar. Algo entre la risa y la incomodidad. Entre la ternura y la extrañeza. Pues bien, ese es el logro más grande de esta pieza: nos muestra que el cuerpo, cuando se anima a romper el molde, cuenta cosas que la palabra sola nunca podría explicar. Y nos recuerda, de paso, que las historias de nuestro campo, con sus gauchos y sus estancias, todavía tienen mucho para decirnos sobre quiénes somos.




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