19 Feb
19Feb

Hay obras de teatro que uno va a ver y sale igual que entró. Y hay otras que te cambian algo adentro, aunque sea chiquito. Incidente en Vichy, del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, es de las segundas. La pieza llegó al Teatro Auditorium de Mar del Plata —sala Astor Piazzolla — con cuatro funciones en febrero, del 12 al 15, como parte de la programación del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Y la sala, claro, no fue la misma después.

 


¿De qué va? La acción transcurre en una comisaría de Vichy, Francia, en plena Segunda Guerra Mundial. Diez hombres —nueve adultos y un adolescente— fueron detenidos con el pretexto de una revisación de documentos. Pero todos sienten que algo no cierra. La tensión es palpable desde el primer minuto. Poco a poco, entre miradas cautelosas y silencios que pesan, cada uno empieza a mostrar quién es. Sus miedos, sus contradicciones, sus pequeñas miserias y también sus momentos de dignidad. Y mientras tanto, esa puerta al fondo del escenario se abre y se cierra. Cada vez que lo hace, el público contiene la respiración. Todos saben — o intuyen — lo que hay del otro lado. 

La obra la escribió Miller en 1964. En Argentina tuvo una única versión, allá por 1970. Cinco décadas después, el director Pablo Gorlero decidió traerla de vuelta. Y no fue un capricho. En un contexto donde las derechas avanzan en varios países —entre ellos el nuestro—, este texto sobre el miedo, la indiferencia y la complicidad silenciosa golpea diferente. Gorlero viene del circuito independiente porteño y conoce bien el oficio. La obra ya cosechó ocho nominaciones a los premios ACE, se llevó el galardón a mejor obra y mejor actor en los Premios al Teatro Independiente, y los críticos de La Nación la eligieron como la mejor del año en el circuito alternativo. Con el auspicio del Museo del Holocausto, además. No es poca cosa. 



La puesta es minimalista. Sillas, cajones, un banco. Sin adornos. Y eso, lejos de restarle fuerza, le suma. Gorlero apostó por un teatro documental, casi crudo, donde nada distrae de lo que importa: las palabras y los cuerpos de los actores. Quince personas en escena —número raro en el teatro independiente— y cada una con su propia historia, su propio peso. Hay un mozo, un pintor, un gitano, un psiquiatra, un príncipe austríaco, un viejo judío... Un mosaico humano que refleja, sin eufemismos, la diversidad de respuestas que tiene la gente ante el horror. 

Patricio Coutoune lidera el elenco como el psiquiatra: empático, natural, con una presencia que se impone sin esfuerzo. Mateo Chiarino, como el príncipe, comparte con él una de las escenas más potentes y claves de la noche. Junior Pisanu lleva la inquietud en el cuerpo — uno de esos actores que no necesitan decir mucho para que se entienda todo. El elenco completo funciona. No hay eslabón flojo. Y eso, en una obra con tantos personajes, es un logro real. 



Lo que Miller plantea en el fondo es una pregunta incómoda: ¿qué hacemos cuando podemos hacer algo y elegimos no hacerlo? La pasividad como complicidad. La indiferencia como crimen. Temas del siglo XX que, lamentablemente, siguen siendo del siglo XXI. 

Salir de esa sala y volver a la calle con la cabeza llena de preguntas... eso es lo que hace el buen teatro. Incidente en Vichy lo logra. La obra sigue su recorrido en el Espacio Callejón de Buenos Aires. Si tienen la oportunidad, no la dejen pasar.



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