La última sesión de Freud llega al Metropolitan y se siente como esas historias que te dejan pensando, pero con una sonrisa. Es un show de charla, sí, pero no suena a charla lenta. En el escenario pasa algo todo el tiempo. Dos hombres se sientan, discuten y se contradicen. Y mientras la noche avanza, vos entendés que el tema no es solo lo que dicen. El tema es cómo lo defienden, cómo se escuchan, cómo se atacan con elegancia.
La obra nació de la imaginación de Mark St. Germain, que armó un encuentro ficticio entre el Dr. Sigmund Freud y C.S. Lewis. Ese punto de partida ya te engancha, porque no busca una clase de historia, busca preguntas. Y esas preguntas caen sobre el piso con humor, inteligencia y un ritmo que no se apaga.
En esta actual versión argentina, el nombre que más pesa es Luis Machín, que interpreta al Dr. Sigmund Freud. El otro duelo lo sostiene Javier Lorenzo, como C.S. Lewis. Y la dirección corre por cuenta de Daniel Veronese. Esa tríada importa, porque el texto necesita precisión. Necesita que cada pausa tenga sentido, que cada frase llegue con intención. Y acá se nota el oficio.
La temática, además, tiene una versatilidad que no falla. La obra entra por la religión y termina hablando de la vida. En una misma escena toca temas grandes: la existencia de Dios, el amor, el sexo, el sentido de morir, el modo de vivir con el cuerpo en contra. Y lo hace con dos perspectivas claras. Freud sostiene el ateísmo con argumentos filosos. Lewis responde desde su mirada cristiano anglicana, con una fe que no se rinde. Ahí aparece el choque. Y ahí aparece lo divertido: chispas, cruces, ironías bien servidas.
El show también se arma desde un contexto que lo empuja: ese día, Inglaterra entra en la Segunda Guerra Mundial. No es un dato decorativo. La guerra funciona como telón de fondo, empuja la urgencia, deja el aire tenso. Y en algunos momentos el texto baja la solemnidad sin perder peso. Te reís, sí. Pero cuando te reís, entendés que el chiste tiene filo, como un comentario que te llega directo.
La actuación de Luis Machín es otro capítulo aparte. Interpreta a un Freud mayor, con dolores físicos fuertes, con un habla que a veces cuesta. Y ahí aparece una cosa que, francamente, pocas veces se ve con esa claridad: la actuación no busca “hacer de enfermo”. Construye un hombre que sufre, que piensa, que debate. Machín arma el personaje con gestos, postura, detalles. No hace una caricatura. Hace una presencia. Tenés la sensación de estar al lado, viendo cómo el pensamiento se defiende incluso cuando el cuerpo no acompaña. Del otro lado, Javier Lorenzo completa el duelo. Su lectura del texto tiene tono y control. Mantiene un C.S. Lewis firme, marcado, con pausas que ordenan la escena. Cuando mira, el personaje se entiende: no solo habla, también reacciona. Y ese ida y vuelta sostiene todo el espectáculo. Vos te das cuenta de que no es una obra “de los dos”.

Es una obra “de la tensión entre los dos”. La puesta, además, no se queda quieta. La escena avanza, respira y cambia de temperatura. El humor aparece en el lugar exacto, como cuando esperás un golpe emocional y te cae un comentario inesperado que destraba el nudo.
Hay un momento que sorprende por su veracidad física en uno de los personajes. No te lo cuento para no arruinarte el golpe. Pero te aviso: ahí entendés por qué el texto sigue funcionando. Si lo querés pensar como experiencia, La última sesión de Freud trabaja con algo que a muchos les pasa en el teatro. Cuando convivís con una enfermedad en tu casa, la vida cambia de ritmo. Las conversaciones toman otro tono. Las preguntas se vuelven más cortas. Más directas. Esta obra, sin ponerse seria de más, te recuerda eso. Te muestra dolor y padecimiento, pero con humanidad. Y también deja algo útil: la idea de que discutir creencias no es un deporte. Es una forma de buscar sentido.
Las funciones serán los domingos a las 16.30 a partir del 3 de mayo en el Teatro Metropolitan (Av. Corrientes 1343, CABA), durante mayo, junio y julio de 2026. Las localidades están a la venta en Plateanet o en la boletería del teatro. Si te gustan las obras que mezclan ideas fuertes con actuación fina, este duelo vale mucho la pena. Pues bien, llegás a la salida con preguntas nuevas. Y con ganas de volver a conversar en serio, con alguien, en el mundo real.