21 Sep
21Sep

"La profecía del albergue" cruza el policial de enigma con el teatro musical, y arma una comedia negra donde cualquiera de los seis huéspedes puede ser víctima o asesino. 

Pues bien, arranquemos por el planteo. Un grupo de desconocidos llega a un albergue junto a un lago, en un pueblo de Santa Fe. Lo que empieza como una reunión cualquiera se convierte, de a poco, en una trama cruzada por una profecía y un crimen. Desde ese momento, Polansky, Sonssini, la Joven Mujer, la Dama de los Naipes, la Mujer de Verde Inglés y el Joven de Lentes dejan de ser simples huéspedes. Cada uno guarda algo. Cada uno puede ser el próximo cuerpo o la mano detrás del cuchillo. 

La obra, escrita y dirigida por Nicolás Manasseri, toma la estructura del whodunnit, ese género que tanto amamos gracias a Agatha Christie: se entrega información, se instalan sospechas, se desvía la mirada del público. Pero acá el truco tiene un condimento extra. Las pistas no viven solo en los diálogos. A veces se esconden en una canción. A veces, en un gesto que parece de relleno y termina siendo la clave de todo. 



El arranque es pausado. Se toma su tiempo para presentar personajes y armar el clima. Cuando llegan las canciones, ahí sí, la cosa cambia de marcha y el conflicto empieza a moverse con otra soltura. 

La música en vivo es uno de los grandes hallazgos del espectáculo. Bajo la dirección de Facundo Cicciu, piano, violoncello, batería y percusión le dan pulso a cada escena y refuerzan ese clima de misterio que uno respira apenas entra a la sala. La escenografía, el vestuario y la iluminación completan el cuadro: un albergue antiguo, casi vivo, que ayuda a instalar la intriga desde el primer minuto. El humor negro corre por debajo de todo, sin apagar el suspenso, y las situaciones más disparatadas suman otra capa a la comedia. 

La sospecha ordena todo. Ordena los vínculos entre personajes y también el trabajo del elenco. Manasseri, Renzo Morelli, Fernanda Provenzano, Manuela Perín, Eugenia Fernández y Matías Acosta sostienen actuaciones parejas, sin que nadie se robe la obra por completo. Ese equilibrio cuida el enigma: todos tienen su momento para llamar la atención y todos tienen motivos para caer bajo sospecha. 

De ahí nace el ritmo de la puesta. Las escenas avanzan sin frenar a explicar cada pista, y las canciones no funcionan como números aparte: forman parte del relato. La banda acompaña los cambios de tensión y guía los pasajes entre el suspenso, la comedia negra y el absurdo. La música no corta la investigación: la transforma. 

Con el humor pasa algo parecido. Nace de personajes con rasgos bien reconocibles y de sus intentos, casi siempre torpes, por esconder lo que saben. La risa baja la tensión, pero no borra la amenaza. Quien provoca la situación más absurda puede convertirse, un segundo después, en el principal sospechoso. 



El espacio también juega. Los paneles de madera, las puertas, el mobiliario: todo delimita zonas de entrada, salida y vigilancia. La luz azul y verde, junto con el humo, altera la percepción, mientras el vestuario sostiene las máscaras que cada huésped construye para sí mismo. Nada busca pasar desapercibido, porque cada figura parece haber llegado al albergue con su propio disfraz bajo el brazo. 

El público queda adentro del juego. Observa, cruza datos, arma su propia teoría antes de tiempo. Y la obra dosifica las pistas con la justeza necesaria para no volverse previsible: cuando se revela al asesino, cada indicio anterior cobra otro sentido. Hacia el final hay una vuelta de tuerca que cambia la lectura de buena parte de lo visto, uno de los mejores momentos de la noche. Porque en una historia donde todos pueden ser culpables, conviene desconfiar de lo que parece obvio. 

Las funciones son los jueves a las 20:00 en la Sala Picasso del Paseo La Plaza (Av. Corrientes 1660, CABA). Entradas por Plateanet o en la boletería del teatro.



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