Hay obras que te agarran de la solapa y no te sueltan. Paraíso es una de esas. Un unipersonal que se presenta en la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín —Corrientes 1530, para los que ya quieren anotarlo en la agenda— y que tiene todo para convertirse en uno de los eventos teatrales del año. Un solo actor en escena. Una silla de despacho. Y un texto que pesa toneladas.
Luciano Cáceres carga con todo. Y lo hace con una elegancia que da envidia.
¿De dónde viene todo esto?
El texto es de Inmaculada Alvear, dramaturga española, y llega a Buenos Aires en una versión de Dany Mañas con dirección de Ignacio Rodríguez de Anca. Alvear escribió un poema dramático —sí, un poema, no una obra convencional— sobre un ejecutivo de una corporación poderosa al que le realizan un trasplante de corazón. El corazón es de Jenny, una mujer dominicana que llegó a España para costear el tratamiento de su hijo enfermo por la contaminación de industrias americanas en su zona. Una mujer que terminó en la prostitución. Una mujer con una vida que Juan Valero —el ejecutivo— jamás hubiera podido imaginar propia.
Y sin embargo... el corazón tiene memoria. O algo así.

Una dirección que hace mucho con poco
Rodríguez de Anca tomó ese material y construyó un espectáculo de una austeridad notable. Nada de escenografías fastuosas ni efectos especiales. Una silla. Proyecciones de imágenes que ilustran los estados internos del protagonista. Música caribeña que aparece en los momentos justos y le da al conjunto un pulso casi festivo —irónico, claro— frente a la tragedia que se desarrolla.
Es de esos directores que saben que menos es más. Y acá lo demuestra con creces.
La temática es potente y no tiene miedo a serlo. Paraíso habla de clase, de género, de poder. De lo que pasa cuando un hombre sin escrúpulos empieza a sentir el mundo desde el cuerpo de una mujer vulnerable. No es una obra cómoda. Al contrario. Te obliga a preguntarte cosas incómodas sobre quiénes somos, sobre lo que despreciamos... y sobre lo que quizás nos define.
Cáceres: uno solo, pero todos a la vez
Acá está el corazón del asunto —con perdón del chiste fácil. Luciano Cáceres hace algo extraordinario: ser Juan Valero y Jenny al mismo tiempo. Y no de forma caricaturesca ni fácil. Lo hace con matices, con pequeños gestos, con la voz que cambia de registro sin avisar.
Hay un momento en que ya no sabés bien quién habla. Y eso es exactamente lo que la obra necesita. Podría haber caído en la parodia. No cayó.
Podría haber sobreactuado la transformación. No lo hizo. Cáceres modula cada cambio con una naturalidad que asombra, y te lleva de la mano hacia un viaje que empieza como una rareza médica y termina siendo algo mucho más hondo: una historia sobre la empatía. Sobre lo que significa ocupar el lugar del otro —no por voluntad, sino por necesidad biológica y casi mística.

Para cerrar, una imagen
Al salir del San Martín, uno no sabe bien si reír o quedarse callado. Paraíso tiene esa cosa rara de las buenas obras: te deja con más preguntas que respuestas. ¿Quiénes somos sin nuestra clase social, sin nuestro género, sin los privilegios que creíamos propios?
Juan Valero no lo sabe. Jenny tampoco, del todo.
Pero en esa cicatriz en el pecho donde se unen los dos... ahí está todo. No te la pierdas.
Las funciones son de miércoles a domingos a las 19.30 horas, hasta el 29 de marzo. Localidades $21.000 - Miércoles $12.000 Duración: 70 minutos