Hay citas que marcan el calendario. El 11 de marzo de 2026, La Trastienda (Balcarce 460, CABA) va a recibir a Stick Men por primera vez en Buenos Aires, y la expectativa ya se siente en el aire. Tony Levin, Pat Mastelotto y Markus Reuter —tres nombres que pesan en la historia del rock progresivo— prometen una noche que no se va a repetir fácil. Porque este trío no viene a tocar canciones. Viene a construir arquitecturas sonoras en vivo, sin red, sin trucos.
Para los que conocen a King Crimson, estos nombres resuenan. Para los que no, alcanza con saber que estos tipos llevan casi dos décadas en la ruta demostrando que el progresivo puede ser visceral, hipnótico y moderno al mismo tiempo. Y Buenos Aires, después de años de espera, finalmente los va a tener en vivo.
Stick Men arrancó en 2007, cuando Levin y Mastelotto decidieron armar algo propio fuera de la órbita de Robert Fripp. Dos veteranos de King Crimson que conocen cada rincón del rock progresivo, cada trampa rítmica, cada silencio que vale más que cien notas. Se sumó Markus Reuter, el alemán que estudió con Fripp en Guitar Craft y que toca una guitarra diseñada en otra galaxia.
Lo interesante es que Stick Men no es una banda de rock progresivo más. Es la prueba de que el género sigue vivo porque muta, porque no se conforma con repetir fórmulas de los setenta. Estos tipos tocan con un pie en el pasado —esos pasajes imposibles, esos cambios de compás que te hacen perder la cuenta— y otro en el presente: loops, samples, electrónica, distorsión controlada. Todo convive sin que nada suene forzado.
En un mundo donde la música cada vez se simplifica más, donde todo dura tres minutos y debe sonar "accesible", Stick Men hace lo contrario. Estira las canciones, las deconstruye, las vuelve a armar. Y funciona porque hay algo genuino ahí, algo que no se puede fabricar en un estudio con autotune y edición infinita. Es música de riesgo, de miradas entre músicos, de decisiones que se toman en el momento.

La propuesta es clara pero ambiciosa. Levin va a estar con su Chapman Stick —ese bicho de doce cuerdas que parece un bajo mutante— tejiendo líneas graves que golpean en el pecho. Mastelotto va a responder con una batería mitad acústica, mitad electrónica, un híbrido que suena orgánico y sintético al mismo tiempo. Y Reuter... bueno, Reuter va a hacer lo suyo con esa touch guitar que diseñó él mismo y que permite cosas que una guitarra común ni sueña.
La técnica de los tres es brutal, pero nunca es exhibición vacía. No van a estar ahí para demostrar que saben tocar rápido o difícil. Van a estar ahí para crear climas, tensiones, explosiones contenidas. Hay momentos —los que conocen sus discos lo saben— en que el sonido se vuelve denso, casi claustrofóbico, y de golpe se abre un espacio de silencio que deja respirar. Después vuelve la tormenta.
Lo más notable va a ser la improvisación. Estos tipos se miran, se escuchan, y de pronto están todos en el mismo lugar sin que nadie haya dado la orden. Es esa conexión que solo se logra después de años de girar juntos por noventa países, de tocar en salas repletas y en bares vacíos, de bancarse los días buenos y los días de mierda. Se nota que se conocen como pocos.
La técnica también va a ser un tema central. Levin no toca el bajo de forma convencional: usa ambas manos sobre el mástil del Chapman Stick, crea melodías y ritmos al mismo tiempo. Reuter hace algo similar con su touch guitar, que no se rasguea ni se puntea: se presiona sobre el diapasón como si fuera un piano vertical. Y Mastelotto es un caso aparte: su batería habla, susurra, grita. No es solo ritmo. Es textura pura.
En cuanto a la "dirección" del show (si es que se puede hablar de dirección en una banda sin frontman), todo va a fluir sin ego. No hay un líder visible. A veces Levin marca el rumbo, a veces es Mastelotto quien propone un cambio, a veces Reuter abre una puerta y los otros dos entran detrás. Democracia musical en estado puro.
Se espera que el trío toque algunas piezas que los fanáticos de King Crimson van a reconocer al toque. No son covers exactos: son reinterpretaciones, versiones que respetan el espíritu pero cambian el cuerpo. Y ahí es donde se siente el peso de la historia. Porque Levin y Mastelotto no van a tocar como King Crimson. Van a tocar desde King Crimson, que es distinto.
El público que va a llenar La Trastienda ese miércoles va a ser una mezcla de fanáticos de toda la vida, nerds del progresivo y curiosos que se dejan tentar por algo diferente. Y todos van a compartir algo: la sensación de estar presenciando algo especial, algo que no pasa todos los días en Buenos Aires.

Salir de La Trastienda ese 11 de marzo va a ser como salir de un templo. No porque Stick Men haga música religiosa o solemne, sino porque van a lograr algo que el rock progresivo siempre persiguió: transformar el recital en ritual. Convertir la sala en un espacio donde el tiempo se estira, donde lo importante no es la melodía pegadiza sino el viaje completo.
En una época donde todo es corto, rápido, consumible en quince segundos, ver a tres tipos de más de sesenta años construir paisajes sonoros de diez minutos sin miedo al silencio es un acto de resistencia. Y también una celebración. Porque Stick Men demuestra que el virtuosismo no está peleado con la emoción, que la experimentación no tiene por qué ser fría, que se puede ser complejo sin ser pedante.
Buenos Aires va a tener a Stick Men por primera vez después de casi veinte años de carrera. Es una de esas noches que se marcan en el calendario, que se esperan con ganas, que después se recuerdan. Porque cuando la música se toma en serio el riesgo, cuando tres músicos se animan a construir algo nuevo cada noche sin repetir la fórmula, pasa algo que no se puede explicar del todo. Solo se puede vivir.