08 Jul
08Jul

Madonna vuelve al ruedo. Y lo hace con un disco que lleva por título Confessions II, la secuela directa de aquel Confessions on a Dance Floor que en 2005 la puso otra vez arriba de todos los rankings. Pasaron siete años desde su último trabajo. Siete años en los que el público quedó dividido por Madame X, un disco raro, ambicioso, pero que no terminó de unir a todos los fans bajo una misma bandera. Pues bien, esta vez la apuesta es distinta: volver a la pista, sin culpa y sin medias tintas. 

El lanzamiento no fue silencioso. Hubo una campaña larga, con decenas de acciones de promoción repartidas por el mundo. En Londres, la propia Madonna presentó el álbum junto a Bob the Drag Queen y su hija, Lola León. En Madrid, los fans lo recibieron con una rave. No es casual: este disco pide comunidad, pide cuerpo, pide baile compartido. Ese gesto ya dice mucho de lo que viene después. 



Ahora bien, hablemos de la dirección. Confessions II no repite la fórmula del primero. Ahí donde aquel miraba a los setenta y ochenta, este mira de lleno a los noventa: house, trance, jungle, drum and bass, techno en distintas texturas. Y sin embargo no queda atrapado en la nostalgia. Madonna mete mano en sonidos de hoy: el EDM que trae Martin Garrix, el funk carioca que aporta Feid de la mano de Tainy, el drum and bass actual que firma Arca. El resultado es un disco que dialoga con el pasado sin quedarse a vivir ahí. 

La gran virtud del álbum está en cómo sostiene el relato. Hay un hilo narrativo que conecta cada canción con la siguiente, algo que recuerda a Like a Prayer por su cuidado con la historia que se cuenta. El spoken word aparece como recurso central: Madonna habla, susurra, confiesa, y esa voz hablada funciona como puente entre un tema y otro. No es un adorno. Es el corazón del disco. 

Y acá aparece lo más interesante: la versatilidad de las letras. Hay temas pensados para la pista, livianos, hedonistas, casi una excusa para moverse. Pero también hay canciones que cargan con temas duros: la pérdida de un hermano, el vínculo con una madrastra, la relación con una hija. Lola León participa en uno de los pasajes más emotivos del disco, un diálogo entre madre e hija que empieza con una frase que remite a un tema muy viejo de la carrera de Madonna. Ese cruce entre lo íntimo y lo bailable es la columna vertebral de todo el trabajo. 

Las colaboraciones también suman capas. Stromae aporta un aire de tristeza elegante en uno de los cortes más melancólicos, ¿un claro homenaje a Army of Lovers?. Mirwais vuelve a trabajar con ella y trae ecos de Erik Satie. Sabrina Carpenter funciona como puente generacional, aunque no como el centro del disco. Y hay un tema, ubicado hacia el medio, que homenajea una discoteca mítica de Nueva York y cita a figuras como The B-52’s, Keith Haring, Jean-Michel Basquiat o David Byrne. Ahí Madonna no mira atrás con nostalgia: mira atrás con orgullo. 

Claro que no todo funciona igual. El disco pierde algo de fuerza en su versión Deluxe hacia el final, cuando los ritmos bailables dejan lugar a tiempos más lentos. También aparece un intento fallido de repetir la fórmula de un éxito viejo, Read My lips, un tema flojo que corta el pulso del álbum a mitad de camino. Pero son detalles menores frente a un trabajo que, en conjunto, respira coherencia. 



Lo que queda, al final, es la imagen de una artista que no necesita demostrar nada y aun así se anima a mostrarse vulnerable. Madonna encontró una voz más natural, menos filtrada, y con esa voz cuenta cosas que duelen y cosas que dan ganas de bailar hasta las cuatro de la mañana. No hace falta ser fan de toda la vida para sentir eso. Alcanza con haber perdido a alguien, con haber discutido con una madre, con haber bailado alguna vez para olvidar un mal día.

Escuchar Confessions II completo, de punta a punta, es la única forma justa de entenderlo. Porque este no es un disco de temas sueltos: es una charla larga, con altibajos, con un amigo que hace mucho no veías y que llega con historias para contar. Algunas te van a mover el piso. Otras te van a apretar el pecho. Y esa mezcla, al final, es lo que hace que este regreso valga la pena.



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