Hay espectáculos que te agarran por sorpresa. Te sentás en la butaca con cierta curiosidad, quizás un poco de escepticismo, y de pronto... algo pasa. El teatro hace eso: te desarma cuando menos lo esperás. "El minuto del payaso" es una de esas experiencias que no se olvidan fácil. No porque apueste a golpes de efecto o a pirotecnia escénica, sino porque va directo al centro: a esa soledad que todos conocemos, a ese miedo que nos paraliza cuando nadie mira. Este sábado 29 de noviembre, a las 21 hs. tenés la última oportunidad de ver este maravilloso espectáculo, en el Teatro "ENTRETELONES", Gral. Enrique Martínez 1427, CABA.
La obra propone un viaje hacia adentro, pero sin dramatismo barato. Acá la oscuridad no es necesariamente trágica. Cuando la recorre un payaso, la vida se vuelve otra cosa: una mueca extraña que mezcla risas con tristeza, ternura con bronca. Es un homenaje al circo, sí, pero también a todos los que se suben a un escenario—o a la vida misma—con más preguntas que certezas.
Tedrys Teatro lleva más de dos décadas en la trinchera del teatro independiente argentino. Sergio Bermejo, su director, decidió esta vez meterse él mismo en el ruedo: protagoniza este unipersonal que parece salido de sus propias tripas. Y algo de eso hay, porque cuando un artista se pone en la piel de otro artista, las fronteras entre personaje y persona se vuelven borrosas.
Amaro Junior espera en el foso. Una trampilla lo va a lanzar al escenario. Un productor televisivo le ofrece un minuto—sí, apenas sesenta segundos—en un programa nocturno. Un minuto para mostrar todo lo que sos, todo lo que fuiste, todo lo que soñaste ser. La metáfora no necesita explicación: es la vida misma del artista independiente, esa que se juega entera en cada función, en cada oportunidad que aparece y que puede no volver.
Pero esta obra no habla solo de actores o payasos. Habla de cualquiera que haya sentido el peso de las expectativas familiares, de haber nacido con un apellido que es promesa y condena al mismo tiempo. Habla de los que tuvieron que renunciar a sus sueños porque la vida—o la familia, o las circunstancias—les pusieron otro libreto en las manos.

La historia transcurre durante un festival benéfico de homenaje al circo. Entre la neblina del backstage aparece Amaro Junior: veterano, patético, escondido tras unos anteojos que parecen de otra época. Mientras espera su turno, repasa su vida con la crudeza de quien ya no tiene nada que perder. Hijo del célebre payaso Amaro, nieto de circenses, sobrino de las hermanas siamesas, hijo de la mujer más fuerte del mundo...
Amaro Junior nació condenado a ser payaso. Él quería domar elefantes, pero le tocó recibir las cachetadas. "Es mejor sufrir la injusticia que cometerla", repite, citando a Sócrates mientras se convence a sí mismo de que eligió el papel correcto.
Al principio, el tipo es insoportable: gruñón, amargado, lleno de rabia contenida. Se grita a sí mismo: "Afloja... afloja... No te encorajines". Pero después, de a poco, empezamos a ver las grietas. Las heridas que nunca cerraron. Y entonces llega una de las escenas más hermosas de la función: cuando está triste, Amaro Junior va al parque y hace su rutina para los chicos. Ahí, solo ahí, encuentra algo parecido a la felicidad.
Ver a Sergio Bermejo en escena es un privilegio. El tipo no actúa: habita. En esta obra, además, lo hace solo. Sin red, sin compañía, sin nadie a quien pasarle la pelota si algo falla. Y no falla. Bermejo construye un personaje que pasa del resentimiento a la ternura en segundos, que te hace reír y al minuto siguiente te parte el corazón.
La técnica está al servicio de la emoción, nunca al revés. Bermejo conoce los tiempos, maneja las pausas, sabe cuándo explotar y cuándo contenerse. Su trabajo físico es impecable: cada gesto, cada movimiento, tiene un sentido. No sobra nada. Y esa economía expresiva es lo que hace que el espectador se olvide de que está viendo actuación y sienta que está espiando la vida real de alguien.
Eso sí, hay momentos en que el ritmo afloja un poco. Ciertos pasajes se vuelven más contemplativos, casi meditativos, y generan una distancia que no siempre ayuda. Pero es una elección consciente: la obra respira como respira su protagonista, con la parsimonia de quien lleva décadas en el oficio y ya no tiene apuro.
"El minuto del payaso" te deja pensando. No porque te bombardee con mensajes ni porque te sermonee sobre la condición humana. Te deja pensando porque te muestra a alguien que, a pesar de todo, sigue ahí. A pesar del resentimiento, del dolor, de las expectativas rotas. Sigue poniéndose la nariz roja y saliendo a escena.
En tiempos donde todo parece medirse en likes, en minutos de fama, en números que suben y bajan, esta obra reivindica otra cosa: el valor de hacer lo que uno ama aunque nadie mire, aunque no haya productor televisivo, aunque no te den más que un minuto. Porque al final, ese minuto puede ser suficiente para desnudar el alma—la propia y la de quien mira.
Bermejo y Tedrys Teatro nos regalan un espectáculo honesto, sin poses, sin trampa. Un espectáculo que celebra la vida con las armas del payaso: la risa que es llanto, el llanto que es risa, y esa dignidad que solo tienen los que se animan a ser vulnerables frente a otros. Si tenés chance de verlo, no lo dudes. Es de esas funciones que te acompañan después, cuando salís del teatro y volvés a la calle, con todas tus propias máscaras puestas.