19 Oct
19Oct

Santiago Lasarte dirige y protagoniza una fiesta teatral sobre gobernantes que viven de la sangre de su pueblo. Hay folclore en vivo, humor filoso y algunos tropiezos. 

Pues bien, vamos a la historia. La Gobernadora y su esposo gobiernan Santiago del Estero. Son vampiros. Su alimento, la sangre de los santiagueños, escasea, y la pareja agoniza. De ahí arranca La Anticrista, una obra que funde lo gauchesco, lo vampírico y el verso en un universo absurdo y de raíz argentina. 

El texto lleva la firma de Gonzalo Demaría. Está escrito en verso e inspirado en la historia de Nina Juárez. Las danzas que suenan en escena salen de los registros de Andrés Chazarreta, el patriarca de la música santiagueña, que recorría pueblitos para escuchar y anotar cada melodía. Esta versión retoma una puesta de 2010. El humor es feroz. 

Hay rimas, juegos de palabras y un desfile de invitados inesperados: Platón, Schopenhauer, Martín Fierro, Santos Vega, Abraham. Aparecen manfloros, peronchos, radichas y chongos, y hasta delirios masturbatorios. La ocurrencia gana la carrera una y otra vez, y el sentido queda atrás. A ratos cuesta seguir el hilo, porque el disparate se presenta con aires de hondura. 

Imaginá una plaza de pueblo a medianoche, con guitarras, bombos y un vampiro de tacos altos que reparte versos. Esa es la postal. La obra tiene un ritmo que no da respiro. Es dinámica, pícara y atrevida. Pero esta versión acumula provocaciones y no alcanza la contundencia de su antecesora. Queda la sensación de una fiesta que promete una mordida mayor que la que entrega. 



Santiago Lasarte dirige la obra y encarna a la Gobernadora. No estaba en sus planes. El montaje formaba parte de su egreso en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, pero la crisis económica lo obligó a dejar los estudios. Después, un mal trago con la actriz elegida para el papel lo llevó a ponerse él mismo el vestido. 

Su propuesta tiene sello propio: estética drag, kitsch y circo, coreografías grotescas, recursos insólitos y una escenografía mínima. Lasarte la define como bizarra. 

El elenco carga con el relato, con su cuerpo y su voz. Funciona, y divierte. Los tres gauchos reciben el aplauso mayor. Guido Botto Fiora, Ignacio Quesada y Francisco Barral entregan humor, exageración y picardía en cada entrada. Cada personaje luce una caracterización cuidada, y se nota el gusto por el juego. Leticia Coronel completa ese núcleo con oficio. 



Las cuatro langostas, esbirros de la Gobernadora, caen en otro terreno. Sebastián Sonenblum, Ivo Zayas, Mateo Pulella y Augusta Sayavedra gritan, se amaneran y cambian de acento entre lo extranjerizante y lo criollo. Algunas intervenciones aciertan. Otras no. Lucas Perez Araujo se suma al reparto. La música en vivo es un acierto. Suenan zambas, chacareras, vidalas y El pala pala, canciones reinventadas para la escena que igual suenan bellísimas. Pulella, Sonenblum e Zayas tocan a la vez. Su música acompaña, empuja y conversa con cada escena. 

El vestuario, el maquillaje y los peinados brillan por su color y su extravagancia. Pensá en una paleta de feria, con lentejuelas y rouge a pleno. La escenografía, en cambio, deja a la vista una estructura que desentona. La iluminación sube y baja sin criterio, con desniveles marcados. 



Detrás de los colmillos asoma una pregunta incómoda: nosotros elegimos a los gobernantes. La obra lo dice con risa, con verso y con zamba. Es una crítica social, política e histórica, y un espejo para quien mira desde la butaca. Si te tienta la irreverencia, andá. Es una fiesta que se ríe, exagera, juega y muerde. La función es los viernes a las 22.30 en Teatro El Grito.


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