Hay espectáculos que uno va a ver sin grandes expectativas y termina saliendo con una sonrisa enorme. La Cena de los Tontos, en el Teatro Neptuno de Mar del Plata, es uno de esos casos. No solo lidera la cartelera marplatense desde su estreno, sino que en la primera semana de febrero de 2026 volvió a quedar primera en recaudación y en cantidad de espectadores, según los datos oficiales de la AADET. Ocho funciones por semana, sala llena, público que sale contento. ¿Qué más se puede pedir?
Para entender por qué esta obra funciona tan bien, hay que dar un pequeño paso atrás. El cine y el teatro francés tienen una tradición larguísima en el género de la comedia —desde Molière hasta Francis Veber— con una habilidad particular: toman personajes y costumbres locales, y de alguna manera los vuelven universales.
La Cena de los Tontos es uno de los grandes títulos de Veber, y en Argentina ya tuvo una versión memorable con Guillermo Francella y Adrián Suar —hoy productores del espectáculo—. Cada puesta nueva agrega algo propio. Esta no es la excepción.
La adaptación de González del Pino y Masllorens hace algo inteligente: toma una comedia parisina y la convierte en algo porteño de pura cepa. Los personajes, los lugares, las referencias... el público las reconoce como propias. Eso es un trabajo fino, y no siempre se logra.

Ahora bien, una buena adaptación necesita una dirección que esté a la altura. Marcos Carnevale le imprime al espectáculo un ritmo casi cinematográfico —sin pausa, sin respiro, sin que nadie se distraiga un segundo. La escenografía de Lucila Rojo acompaña con inteligencia: un plano inferior que representa una sala de estar de clase media acomodada, y uno superior, más despojado, que va mutando según la situación dramática. Simple pero eficaz.
Y después están ellos, los protagonistas. Gustavo Bermúdez construye su personaje —un editor adinerado con una lumbalgia feroz que lo obliga a cancelar sus cenas de amigos— con una naturalidad que parece fácil. No lo es. Esas cenas, por cierto, tenían su propia crueldad encantadora: cada uno traía al tipo más tonto que hubiera conocido, y competían para ver quién ganaba. Martín Bossi, en ese rol, es una revelación. No el Bossi imitador que todos conocen —acá hay un actor de teatro con peso propio, que sostiene un texto y comparte escena con una química especial. Pero si hay que destacar a alguien, es Laurita Fernández. Interpreta dos personajes completamente opuestos —una muchacha refinada y una alocada— y en ambos hace gala de algo que pocos tienen: voces, comicidad, baile y acrobacia al mismo tiempo. Una labor consagratoria, sin exagerar.
El elenco se cierra con Esteban Prol, Guillermo Arengo y Robertino "El Romi" Benemino, que demuestran algo que los grandes actores saben bien: no existen los papeles menores.

Hay un detalle que dice mucho sobre lo que esta temporada significa. El miércoles 18 de febrero, Martín Bossi dejó sus manos en la Vereda de las Estrellas, frente al Hermitage Hotel, junto a figuras históricas del espectáculo argentino.
Veinte temporadas en Mar del Plata —arrancó con Videomatch en el Teatro La Campana— y confesó que la ceremonia lo trasladó a su infancia, cuando era él el que espiaba a las estrellas trabajar en esta ciudad. Eso, en el fondo, es lo que hace grande a una comedia bien hecha: conecta con algo genuino. Con la risa, sí, pero también con la memoria, con el afecto, con la idea de que el teatro sigue siendo un lugar donde pasan cosas reales.
La Cena de los Tontos puede verse hasta el 1° de marzo, de martes a domingo, en el Teatro Neptuno, Santa Fe 1751, Mar del Plata.