Hay obras que terminan y el aplauso llega solo. Sin pensarlo. El cuerpo se pone de pie antes de que la cabeza lo decida. Eso pasó el domingo 15 de febrero en el Teatro Tronador de Mar del Plata, cuando la compañía de Gabriel Chamé Buendía cerró su función de "Medida por Medida, la culpa es tuya" con una ovación sostenida que lo dice todo. Sala llena, risas a carcajadas, y ese silencio incómodo —el bueno— que deja una obra cuando te toca algo adentro.
No es casualidad. Este espectáculo viene con historia.
Todo empezó hace una década, cuando Chamé Buendía se animó a meter mano en Shakespeare con "Othelo (Termina mal)". Fue una apuesta audaz —¿quién toca a Shakespeare y sale ileso?— pero salió más que bien. El público lo adoptó, la crítica lo celebró, y la compañía encontró su identidad: clásicos universales pasados por el tamiz del clown, el circo y el humor absurdo. Con ese antecedente bajo el brazo, volvieron.
Esta vez con "Medida por Medida", una de las comedias más oscuras del bardo inglés, donde el poder, la hipocresía y la justicia se mezclan en un cóctel que no pasa de moda.
Pues bien, ¿cómo suena Shakespeare en boca de cinco clowns dramáticos? Mejor de lo que imaginás.

La dirección de Chamé Buendía tiene una firma inconfundible. Formado en clown y circo, este director sabe exactamente cómo romper la solemnidad sin perder profundidad. No le teme al gag ni a la coreografía del absurdo. Al contrario — los usa como herramientas. Cada escena respira con una energía física que desafía la idea del teatro clásico como algo rígido o distante.
La escenografía de Jorge Pastorino, con paneles móviles y terciopelo, acompaña ese juego. El vestuario colorido de Cecilia Allassia hace el resto: permite que los actores se transformen ante tus ojos, casi como un truco de magia.
Y la temática... uy, la temática. La obra habla de un gobernante que llega al poder y empieza a imponer su moral a punta de decretos. ¿Te suena familiar? No hace falta buscar mucho en la historia —o en el noticiero— para encontrar al personaje. Chamé Buendía toma esa trama y la convierte en una sátira feroz, divertida, que te hace reír y después te deja pensando qué fue lo que te dio gracia.
Ahora, lo que realmente te vuela la cabeza: son cinco actores en escena. Cinco. Y entre todos dan vida a trece personajes distintos. Pareciera que hay quince personas en el escenario.
La versatilidad del elenco es una de esas cosas que hay que ver para creer — describirlo no alcanza. Son clowns con profundidad emocional, cómicos con registro dramático, cuerpos que cuentan historias sin necesitar palabras. La transición entre personajes tiene una fluidez asombrosa.
El público tiene que estar atento, sí, porque si te distraés perdés algún detalle. Pero ese es el juego, y es un juego que vale la pena jugar.

Para cerrar, queda una pregunta en el aire: ¿para qué sirve el teatro hoy? Chamé Buendía tiene una respuesta clara. Para reírnos de nosotros mismos. Para reconocernos en los vicios del poder, en la culpa que le echamos al otro, en la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos. Shakespeare lo escribió hace cuatro siglos y acá estamos — todavía en la misma.
La última función en Mar del Plata es este domingo 22 de febrero en el Teatro Tronador. En Buenos Aires, sigue los viernes a las 22:30 en el Teatro Politeama. Andá. En serio.
Elenco: Duque Vicentio, Fraile Ludovico, Matías Bassi
Angelo, Padre Tomás, prisionero Bernardino, Nicolás Gentile Claudio, Lucio, Verdugo, Agustín Soler
Isabel, Pompeyo, Elvira Gómez
Celador Escalo, Mariana, Julieta, Monja Francisca, Marilyn Petito