Hay obras que te dejan sentado en la butaca, mirando el techo, sin saber bien qué decir. Osvaldo Lamborghini obras completas. Primera parte es una de esas. La compañía La espada de pasto volvió con la segunda temporada de este espectáculo en El Galpón de Guevara, y la sala de Guevara 326 volvió a ser, cada lunes a las 20.30, el escenario de algo difícil de clasificar. ¿Teatro? ¿Performance? ¿Un viaje sin mapa? Las tres cosas, quizás.
La propuesta llega justo cuando se cumplen cuatro décadas de la muerte de Osvaldo Lamborghini, ese escritor argentino que muchos admiran, pocos leen del todo y casi nadie olvida una vez que lo toca. El autor de El fiord y El niño proletario fue una figura tan singular como incómoda. Un tipo que no distinguía entre prosa y verso, entre palabra e imagen, entre vida y obra. Todo era lo mismo para él. Un gran texto único, en permanente construcción.

¿Cómo nació este proyecto? La compañía lo gestó en el marco de VIVA, el programa de residencias del propio Galpón de Guevara, con el apoyo de Mecenazgo. No fue un capricho ni una ocurrencia de una noche. Fue una decisión artística seria: abordar a Lamborghini sin filtros, sin adaptaciones prolijas, sin domesticar su prosa. Una apuesta arriesgada. Y eso se nota en escena.
La dramaturgia es de Ignacio Bartolone y Agustina Pérez. Dos voces que construyeron un texto fragmentario pero —atención— bien articulado. Como un collage que tiene sentido aunque no lo parezca a primera vista. Textos emblemáticos como Sebregondi retrocede, El fiord y El niño proletario conviven con poemas y otros fragmentos, todos enhebrados por una lógica propia, lamborghiniana al hueso.
Bartolone dirige con una visión clara: el teatro como espacio visual, casi pictórico. Y tiene sentido, porque Lamborghini tampoco separaba las artes. Fue escritor, sí, pero también exploró el collage visual. La puesta lo honra en ese punto. Hay video de Leo Balistrieri, escenografía e iluminación de Santiago Badillo, vestuario de Endi Ruiz... cada elemento suma a ese efecto hipnótico del que hablan quienes salen de la sala con los ojos abiertos de más.
Y los actores. Hernán Franco, Juan Isola y Valentín Pelisch. Tres. Tres que te dan la sensación de que pueden con todo. Y pueden. Franco e Isola llevan el texto al cuerpo con una precisión que intimida. Pelisch, además de actuar, es el músico en escena — y su nivel no tiene discusión. La versatilidad del elenco es lo que le da sostén a una propuesta tan exigente. Sin ellos, el riesgo se caería.

¿Y el público? Dividido, claro. Hay quienes salen fascinados y quienes salen perturbados. Los hay que no saben si aplaudir o quedarse quietos. Eso, en el teatro de hoy, no es un defecto. Es casi un lujo.
Porque el teatro contemporáneo rara vez te deja mudo. Rara vez te hace seguir pensando en la parada del subte, o al día siguiente en el café. Esta obra lo logra. Y eso, seamos honestos, vale mucho.
No es para todos. Como Lamborghini mismo no era para todos. Pero si estás dispuesto a entrar en su mundo sin pedir explicaciones... mejor que la vayas a ver.