05 Oct
05Oct

Hay obras que envejecen y hay obras que se afilan con los años. "Un enemigo del pueblo" pertenece al segundo grupo. La escribió Henrik Ibsen a fines del siglo XIX y suena a texto de esta mañana: un posteo viral, un titular urgente, una verdad que nadie quiere escuchar. 

Esta versión se instala en CPM Multiescena, sobre la Avenida Corrientes 1764. Los viernes, a las 19:15, la sala se llena de gente que reconoce lo que ve. Pues bien, ese reconocimiento es el mejor termómetro de la obra. La platea ríe, murmura y asiente, como cuando alguien dice en voz alta lo que todos piensan. 


Una versión actual del clásico de Henrik Ibsen llega a la Avenida Corrientes y pone a la platea frente a su espejo: la verdad, el dinero y el peso de las mayorías.


Marcelo Cosentino dirige con pulso firme. Traslada el conflicto a un presente hiperconectado, donde la verdad deja de ser el centro y se disuelve en un río de opiniones, operaciones de prensa y noticias que se pisan unas a otras cada minuto. Imaginá una pantalla que no se apaga nunca. Esa es la atmósfera. El director esquiva el camino fácil: no hay buenos de un lado y malos del otro. Hay personas con miedos, con cuentas por pagar, con un apellido que cuidar. 

La historia, en pocas líneas. El doctor Stockmann descubre que las aguas del balneario están contaminadas. Ese balneario es el corazón económico de una ciudad costera, el trabajo de todos. Denunciar el problema significa cerrar, desinfectar, gastar, y dejar al pueblo con la economía en ruinas. El doctor elige hablar. Se enfrenta al intendente, que es su hermano, a los medios, a los empresarios y a los vecinos. 

Y acá viene lo interesante: Stockmann no es un santo. Es vanidoso, se siente superior a todos y suelta un alegato contra el voto de las mayorías que incomoda a la platea. Los necios son multitud, dice, pero eso no los autoriza a mandar. Uno quiere aplaudirlo y, de golpe, duda. Ese es el gran acierto del texto: no te deja el consuelo de elegir un héroe. 

La masa, moldeada por quienes tienen la billetera y el micrófono, le da la espalda. Nadie lo acompaña. Todos tienen algo que perder y poco que ganar. Con los principios no se paga el alquiler, ni se educa a un hijo, ni se cura a un enfermo. ¡Qué frase dura, y qué cierta! 

Luciano Couto y Martín Duarte Bertoli sostienen la función como los dos hermanos enfrentados. Cada uno defiende su idea de la ética y de la urgencia, y ninguno cae en la caricatura. Los rodean David Labatte, Ivo Arredondo, Eugenio Peruzzoti y Tobías Leotta, que completan el cuadro con oficio. Betsabe Muiña y Micaela Quintero aportan naturalidad como esposa, hija y sobrina de los protagonistas. Son el costado de casa, ese donde la discusión política llega a la mesa familiar y se enfría la sopa. 

La puesta golpea la vista. Lorena Ditro diseñó una escenografía que ordena el conflicto en el espacio, y Thiago Cosentino opera la parte técnica con una precisión que se nota. Nada sobra, nada distrae. 



Salís de la sala con preguntas en el bolsillo. ¿Es la democracia el mejor sistema para resolver una crisis? ¿Las mayorías nunca se equivocan? ¿Se sacrifica la verdad en nombre del bienestar? En la Argentina de hoy, con la inflación en la góndola, el sueldo que se evapora antes de fin de mes y la desconfianza hacia la dirigencia, esas preguntas dejan de ser teatro. 

Cada uno hace sus cuentas: qué verdad conviene callar, qué costo se acepta pagar. Entre el heroísmo y el fanatismo hay una línea finita, y el doctor camina sobre ella con los zapatos gastados. Nosotros, desde la platea, también caminamos. 

Andá a verla un viernes. Después, café y charla larga en la mesa de la esquina... Seguro tenés una respuesta, aunque cueste decirla en voz alta.


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